sábado, 13 de junio de 2020

ABIERTO AL MONÓLOGO

Acabo de coincidir conmigo en el ascensor de mi casa. Ha sido horroroso. En primer lugar porque mi casa no tiene ascensor. Y, si en un primer momento pensé que se trataba de un mal sueño, imagínense el espanto de saber que no. No ha sido un reconocimiento paulatino, sino instantáneo. De pronto, frente a frente, he podido acusar el fondo de tranquilidad que sostiene el terror de la situación; la serenidad en un lado y la tempestad en el otro y ambos estados compartiendo el mismo aspecto. No es plato de gusto, puede jurarse, la coincidencia a traición, cuando no había hecho más que ir a por el pan calentito del día.
Yo vengo de la panadería, no elucubres, pero a saber de dónde vienes tú, le he dicho. Pues vengo del campo, me ha soltado, de recolectar domingos y, con lo que traigo, casi llego a un año sabático. Si aún pudiera acudirse al lenguaje taurino sin incurrir en tropelía, diría que eso ha sido un pase de desprecio, del que se sale desorientado y sin saber qué ha pasado.
Desde luego no da el tono para una conversación de ascensor al uso, pero eso no me ha impedido entrar en sofocón y empezar a darme aire con un folleto. ¿Crees que abanicarse con el programa de festejos es una forma de estar en el mundo de la cultura?, me ha preguntado de golpe. Pues no sé, he balbuceado. La cultura ha dejado de ser concepto para convertirse en comodín o en idea.
¿Y no se te ha colado en la espuerta ningún martes, ningún jueves? ¡Cómo renunciar a las excepciones, si uno quiere confirmar las reglas! Además, para que sea sabático el año, ha de contener sus trazas de laboriosidad. Un sábado no es un festivo “puro” al estilo del domingo, sino una aspiración o una anticipación, lo que viene a ser mucho más lúdico por esperanzador que el propio día festivo. El domingo es un objeto de consumo; el sábado, en cambio, es un deseo. El confinamiento, por ejemplo, ha estado repleto de domingos y, por eso, nos hemos agotado. Hay un importante “tedium vitae” en la ejecución del ocio que no lo hay en su planificación. Lo que se prometía como una pandemia renacentista o, en cierto modo, enciclopedista, ha devenido en paréntesis a secas. Si es verdad que los grandes acontecimientos del mundo tienen lugar en el cerebro, no se explica que tanta gente aburrida no hayan dado lugar a una nueva explosión de arte, ciencia, espíritu o pensamiento, salvo que no se hayan recolectado a propósito algunos lunes o miércoles con que aderezar los domingos.
Entonces tu recolección hay que tomarla como una predicción, creo. ¿Cómo saber cuándo se entra en hastío? Pues porque te metes en más de una semana sin enamorarte, eso es definitivo. Cuando reservas el gozo para más tarde como si el tiempo fuera abundante. Cuando te conformas con la felicidad de las piedras y aceptas la ausencia de dolor como único destino. Cuando renuncias al furor en favor de la lucidez y persigues aniquilar los demonios para acabar con la rabia y no rascas la piel fina del globo por tal de no saber nada de la fealdad divina de la naturaleza. Las realidades telúricas no conducen al pesimismo, sino al humor. Esa es la risa sardónica de Sade, que contempla la vida como una comedia y no como una tragedia, como un encuentro entre Apolo y Dionisio. Se entra en hastío cuando no procuras que la naturaleza se salga con la suya bajándole los humos a los pomposos ideales. Por eso el campo da tantos domingos, porque constituyen la natural esencia de los flujos. Y la vida, si es algo, es fluir. No me mires así, me dice sin una mínima mueca de aprecio. Hoy es el día internacional de la mala sombra, ¿vas a dar el pregón?  Yo sigo abanicándome, antes de que llegue el domingo y me pille desprevenido. Encantado de conocerte, me digo, y salgo hacia la izquierda, siguiendo las indicaciones de salud mental.    

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