lunes, 16 de febrero de 2026

LA VIDA CON TREGUA.

Por las noches, cuando se quedan a las claras el monto acumulado que nos dio el día, y las cosas salen a nuestra luz y a nuestro encuentro, es cuando las podemos ver sin el deterioro con el que se presentan a pleno día. Algo parece despejarse en esas horas entre el velar y el dormir que sólo tienen lugar a la luz de la oscuridad. Debe ser que en el día, cada objeto o cada abstracción tome por su cuenta el camino de sus vínculos y, como hacemos las personas, eviten aparecer completamente desnudas. Se ha empeñado el mundo en dividir el tiempo en días y noches. Cada día con su noche, cada noche con su día. Sin embargo -ya nos lo advirtieron los sofistas- la naturaleza no suele dar saltos, como saltos da el choto para rabia de los detractores de saltos. Y entre la luz y la tiniebla reconocemos el tango “a media luz” que es lo mismo que la media oscuridad, aunque no haya tango que baile tal cosa. Ese es el tiempo que transcurre entre un rey y otro. El tiempo que tarda en desvestirse uno y el otro se acicale. Un tiempo que adopta su postura de eslabón.

Me di cuenta, pongamos una noche cualquiera, cuando metido en la cama abrí mi librito de mesita con el que me aíslo de la guerra que no cesa en sus horas activas. Supongo que el combate continua su curso allá afuera, pero, por alguna rara circunstancia que se me escapa, dentro mío se decreta un alto el fuego, por el que mi puesto de soldado queda descubierto y, en cierto sentido, vuelvo con un permiso a casa. Llego, eso sí, unas veces herido, otras victorioso, pero ni lo uno ni lo otro entra conmigo en el recinto confortable en el que predomina la paz. No sería estrafalario proponer otra partición del tiempo, comprobado que hemos adoptado actitud distinta y uso separado de las otras dos porciones clásicas. Mientras la batalla o las batallas desenvuelven sus estrategias en el campo, lo más importante es que yo no estoy. Prescinde de la mano o el mando que media el desarrollo bélico de las cosas, fluyendo según el curso o el camino más adecuado. Es decir; que la fugaz ausencia permite la libertad de destino y, como estoy en ese despacho donde cuelga el cartel que dice “no puedo hacer nada”, las balas se disparan fuera de mi vista y, mejor aún, fuera de mi control. Volveremos después a ver cómo se solventan a la mañana siguiente.

Mientras tanto, entregado a la dicha del confort de la paz y la esperanza del sueño, despejado el campo de cadáveres y amenazas, relumbra, por ejemplo, el saludo inesperado de un amigo o la hermosura del gorgorito de un jilguero. La fastidiosa obediencia al trabajo hace brotar a través del cansancio una elegante dignidad apenas invasiva, como hace el manantial filtrando el agua cristalina, gota a gota, dotándola de una capacidad infinita de crecimiento a medida que vaya caminando. La grosera inflamación que nos provoca un insulto deja, en esta hora, que la herida abra su boca para reír el sarcasmo de los indolentes. Repáranos en el suave aroma de la trinchera que anuncia mínimamente una primavera, con un atisbo apenas perceptible, pero que en estos instantes de serena impaciencia por el merecido reposo, esparce su efluvio igual que una pequeña dosis de éter o quizás de fentanilo.

Nótanos, pues, que la vida escuece distinto dispuesta en su labor terapéutica a la salvación, por más que sea temporal. Se nos antoja pensar en los efectos imprecisos del tiempo recobrado en estas eternidades, en cierto modo visionarias, que pueden salir de visita bien a los cantos rodados del río, como a los riscos desde donde contemplarlos. No sucede siempre, como no sucede la noche en determinadas latitudes. Por eso nos convida a desplazarnos hacia esos territorios en donde los sucesos albergan, dentro de sí, el espacio de tránsito que hay de un estado de consciencia a otro. También anoto que, dentro de estos espacios volátiles, los pequeños o grandes inconvenientes se alzan como pequeños dones, pues basta pensar en quienes han crecido al margen de todo obstáculo para advertir que el bostezo que profieren gracias a su insólita estabilidad carece de todo interés literario, no digamos espiritual. Por lo general son gentes que no han emprendido viajes, que se han convertido en costumbre en su totalidad.

Advertí al principio que volvería a la guerra, no es mi voluntad la que me arrastra. Pero esta vez con el prismático que las horas etéreas me facilita. Nada mejor para el oteo que situarse en la cima de un farallón elevado, donde poder escuchar el discurso puro que nace silencioso en el vientre de la intuición. Encaramados allí no recibimos telegramas y nada espera nuestra intervención. En cambio, somos auxiliados para la más alta comprensión de que la guerra, una vez declarada, ejerce cumplidamente una soberanía misteriosa. Con absoluta independencia nuestra, se afana en ir poniendo término a la multitud de conflictos que, en estado de vigilia, nos absorbe. Y, para dichoso desconcierto de quien intuye, no son pocas las batallas que se resuelven por retirada de uno o de todos los combatientes. “Los oradores se suicidan pegándose un tiro en la boca” y lo hacen cuando pueden quedarse a solas, a distancia de quienes osamos dar las órdenes. Las controversias se hacen debates, los debates se hacen coloquios, los coloquios se hacen conversación, la conversación se hace acuerdo y el acuerdo se hace unanimidad, como si el suspiro de un Buda les hubiera hecho aprender la unidad o el todo. Esa dimensión en medio del día y de la noche, en la que las cosas han mandado despreciarnos con la asertividad de un liberto, no nos desarma, sino al contrario, nos constituye en objeto del destino, antes de que se nos caiga de las manos el libro de mesita. Después -siempre existe una frontera que se llama después- reparamos en la cicatriz como símbolo inequívoco de que no es posible llamar “vida” a la vida que se vive sin tregua. La lógica clasificatoria muestra que, en estas latitudes que me contienen, el tiempo tiene sus días, sus treguas y sus noches.