lunes, 23 de febrero de 2026

ESCRITORES DE GUANTE BLANCO.

Como si para llegar a ser Cortázar no hubiera hecho falta comer mucho cronopio, salen a espuertas desnutridos obvios, con un triste almuerzo bebido, pero orgullosos de sus “Rayuelas”. Dejemos, por ahora, a los ritualistas del oficio, escritores de guante blanco que se acercan al texto con reverencia sagrada y espíritu sacerdotal y a los tocados por la mano divina. El resto, muy satisfechos de haberse conocido, se tiran a la literatura como quien se tira a un charco esperando profundidad, sin haber aprendido a nadar; sin casco y sin botas de agua. No parece aceptable objetar lo más mínimo contra quienes optan por aficionarse a la escritura antes que aficionarse a lo que echen por televisión. Porque en televisión dejaron de emitir programas hace mucho, hoy los echan como si echaran cerdos a las margaritas.

Los hay que aspiran a Neruda o a Stefan Zweig y, a fuerza de ir la fuente al cántaro, acaba llenándolo. Por eso estos émulos tampoco son intrusos en exceso. Gracias a que algún trago de elixir han ingerido, es posible encontrarles alguna traza impregnada de sustancia. En cambio, centrándonos en aquellos que atiborran los estantes de las librerías, renovadas mes a mes por la suerte de los constantes vendavales del comercio editorial, sólo cabría decir que lo que muestran en los expositores tiene mucho más que ver con un diagnóstico de desnutrición que con la literatura. Es sabido de la existencia de enfermedades o carencias fisiológicas que pasan desapercibidas en el paciente. Las afectaciones del ego y los constipados de la vanidad, mucho más. Hay vanidades que estornudan libros, lo menciono de puntillas, naturalmente.

Para sacar a la palestra alguna de estas patologías escondidas, nada mejor que un especialista que se emplee en el chequeo. Tratándose del cuerpo mortal, si alguna prueba rutinaria advierte del menor déficit sanguíneo, el sujeto, consciente de que el día de mañana puede acarrearle un problema de mayor envergadura, se somete rápidamente a terapia. Pero el cuerpo intelectual se mueve por otros derroteros y reniega de los reconocimientos médicos, no sea que atenten contra su estima. Y, aunque no renegara, tampoco se somete, porque escasean o vaguean en igual medida los especialistas.

Hasta bien pasada la mitad del siglo XX, el novelista, el dramaturgo, el poeta, esperaba con ansiedad y terror el diagnóstico de la crítica, que siempre emitía su certificación. Con acierto o sin él, bien con la punta del florete, si adopta el rol de espadachín, o de un solo “criticonazo” en la nuca, podía aniquilar la obra de un plumazo. Téngase en cuenta que el “criticonazo” en la nuca despliega su onda expansiva desde la destrucción de la obra hasta la destrucción del obrador. En cambio, llevamos décadas en las que reseñas, comentarios, críticas, valoraciones de las nuevas obras no salen del almíbar y lo que cristaliza en los medios está dentro del concepto publicitario a secas. El novel ha dejado el temor a la crítica al mismo tiempo que en el crítico ha nacido el temor al novel. El neófito, “motu proprio” se siente cumbre, pero si acude a consulta, sale encumbrado. No sería grave, digamos, si no ocupara injustamente el lugar que le corresponde a otros; el lugar en nuestro íntimo y particular tiempo, quiero subrayar.

En medio de este panorama, sólo los vampiros saben de la calidad de la sangre. Cuando ésta es débil en glóbulos rojos, la frase entra rasposa y áspera, arañando el paladar y avisando jaqueca. Pero, por merced de las nuevas décadas, cuando requieren al cuerpo de vampiros para valorar la cata, nadie espera ni un desprecio ni una arcada, cosa que, en vez de desacreditar la obra, desacreditaría al catador. Pese a la rapidez con que un degustador detecta el néctar, el operativo del encuentro es muy lento porque hay que dar con el sitial del portador. Han tenido que hacer de la exploración y búsqueda el grueso de su actividad, cansados ya de ir a los bebederos públicos o a las piletas dispuestas en las plazas para abrevadero de las bestias. Abocados a repetir tragos de las grandes marcas que no defraudan, en la espesura pierden tesoros tapados.

Un efecto secundario terrible se cierne sobre los escritores de guante blanco, que a sabiendas de la abundancia del libro peleón, renuncian a colocar el suyo en el pilón de los egos paginados. Y se niegan a compartir la misma suerte que los necios en las estanterías de literatura sucedánea. Sus obras, para empobrecimiento de todos, duermen el sueño de los justos en un cajón de alguna cómoda. No obstante, en medio del desbarajuste editorial que nos aqueja, un fenómeno de calado generacional nace. Es la figura del lector, que emerge como el factor reputado en medio de la trama de intervinientes en el mundo del libro. Hoy, ante un escritor tendemos a guarecernos; ante un lector, a quitarnos el sombrero. Los primeros están en todas partes, donde menos los esperas. Los segundos constituyen especie en extinción. Pero, amigo, cuando das con uno, le ves los regueros de cronopios saliendo por las orejas, dicho sea sin guantes y y con el agua de la pileta al cuello.
 

miércoles, 18 de febrero de 2026

LA HORQUETA DE ZAHORÍ.

 

Todavía tengo memoria de la tarde en que pusieron en mis manos la vara de zahorí. No fue mi padre, quien tuvo ocupaciones de pocos trucos. No fue mi madre tampoco. Al fin y al cabo, eran épocas en la que los hijos heredaban el empleo de los padres. Más que heredarlos, lo continuaban por una suerte de inercia familiar que hacía de la profesión un elemento de cohesión y, a la vez, una cuestión económica. No fue mi caso. En mi círculo de conocidos próximos nadie se dedicaba a buscar agua; se ve que no había sedientos. Recibí en mis manos el artilugio sin saber su procedencia. Para la dedicación a ese menester no se precisan conocimientos especiales. Creo que las oficinas de empleo no ofrecen cursos, aunque debieran. El manejo de la horqueta es sencillo, llegando a ser divertido. Hay niños que lo tienen por juguete. Ojalá nos tomáramos tan seriamente la vida como se toman los niños los juegos.

Aquella tarde que hoy rememoro, de iniciación sobrevenida, experimenté una especie de trance, un sopor incorpóreo, como si la temperatura se cociera en algún escondido rincón de mis numerosas galerías internas. Por supuesto, sólo visitables mediante un ejercicio de reflexión inédito que fundaba una introspección involuntaria. Estaba, un día más, tratando de hacer mis tareas escolares, sentado frente a un modesto buró sobre el que se desordenaban libretas, papeles y libros de texto (no he llegado a topar jamás con ningún libro sin texto). Mi cometido inmediato era entregarme al esfuerzo de memorizar un tema, cuyo epígrafe se presentaba bajo el título de “ganadería estabulada”. Cursaba entonces uno de los primeros años de la educación básica y, por eso, supongo que el tema no daría más que para hacernos saber que, a partir de algún momento histórico, el ganado se atendía ya en el interior de establos y que eso daría lugar a un modo de economía nueva. Estoy seguro de que, también en aquel entonces, la mente atraería la imagen del ganado vacuno, y que nadie pensaría en los establos improvisados en cajas de zapatos donde se guardaban gusanos de seda. Seguimos sin deshacernos de los sesgos con naturalidad.

Ese tema cuelga en el haber de mis asignaturas pendientes. No lo estudié ni pude responder cuando me lo preguntaron al día siguiente. De haberlo estudiado, ahora no lo recordaría. Esta maña de la memoria habría que incluirla en los manuales de pedagogía: con su uso queda fijada la lección para siempre sacrificándola sólo un día. Los repetidores estudian dos veces lo que sólo estudian una vez los aplicados. A decir verdad, lo que yo deseaba era salir del establo, salir a campo abierto. Claro que, un día era salir del establo y otro salir de la Revolución francesa. Mis impulsos de huida fueron constantes y los venía sintiendo desde que empecé a comprender las cosas que debía memorizar. La comprensión, en cierto sentido, es enemiga de la memoria. En la comprensión hay un ejercicio racional de asociación de conceptos y en la memoria uno de repetición. No es que valide la memoria como la inteligencia de los tontos, pero comparada con el entendimiento resulta ser una gimnasia aburridísima.

No creo que me importara lo más mínimo, a esa edad púber de inquietudes zanquilargas, ocuparme en lo que se han ocupado los adolescentes de tantas generaciones; en dar barzones desangelados con tal de salir corriendo. Las huidas comienzan con un primer momento de desorientación que tiene claro de dónde salir, pero, hasta que se da con el sitio al que se quiere llegar, transcurre un tiempo. Y yo, que estaba la mayor parte del tiempo salido (del establo, se entiende), me di de bruces con el sitio, como una cabeza de ganado da con su querencia o un desertor con su exilio dorado.

Fue que, entre los muchos desórdenes, en algún soporte que no sé si era recorte de periódico, apunte de alguna libreta antigua o página expuesta azarosamente, una frase me deslumbró: “el poeta es un zahorí en busca del agua escondida”. Es bella y enigmática a partes iguales. Al igual que a un diletante que escucha por primera vez el “Réquiem” de Mozart se le aparece de pronto el mundo entero llorando, en un llanto que contiene y expresa el fondo hermoso de la tristeza, a mí, que venía del arrobo impreciso y vagante, me depositó tranquilamente la varita en las manos con la que busco el agua escondida para entregarme al acto de misericordia de dar de beber al sediento, si es que lo hay.

lunes, 16 de febrero de 2026

LA VIDA CON TREGUA.

Por las noches, cuando se quedan a las claras el monto acumulado que nos dio el día, y las cosas salen a nuestra luz y a nuestro encuentro, es cuando las podemos ver sin el deterioro con el que se presentan a pleno día. Algo parece despejarse en esas horas entre el velar y el dormir que sólo tienen lugar a la luz de la oscuridad. Debe ser que en el día, cada objeto o cada abstracción tome por su cuenta el camino de sus vínculos y, como hacemos las personas, eviten aparecer completamente desnudas. Se ha empeñado el mundo en dividir el tiempo en días y noches. Cada día con su noche, cada noche con su día. Sin embargo -ya nos lo advirtieron los sofistas- la naturaleza no suele dar saltos, como saltos da el choto para rabia de los detractores de saltos. Y entre la luz y la tiniebla reconocemos el tango “a media luz” que es lo mismo que la media oscuridad, aunque no haya tango que baile tal cosa. Ese es el tiempo que transcurre entre un rey y otro. El tiempo que tarda en desvestirse uno y el otro se acicale. Un tiempo que adopta su postura de eslabón.

Me di cuenta, pongamos una noche cualquiera, cuando metido en la cama abrí mi librito de mesita con el que me aíslo de la guerra que no cesa en sus horas activas. Supongo que el combate continua su curso allá afuera, pero, por alguna rara circunstancia que se me escapa, dentro mío se decreta un alto el fuego, por el que mi puesto de soldado queda descubierto y, en cierto sentido, vuelvo con un permiso a casa. Llego, eso sí, unas veces herido, otras victorioso, pero ni lo uno ni lo otro entra conmigo en el recinto confortable en el que predomina la paz. No sería estrafalario proponer otra partición del tiempo, comprobado que hemos adoptado actitud distinta y uso separado de las otras dos porciones clásicas. Mientras la batalla o las batallas desenvuelven sus estrategias en el campo, lo más importante es que yo no estoy. Prescinde de la mano o el mando que media el desarrollo bélico de las cosas, fluyendo según el curso o el camino más adecuado. Es decir; que la fugaz ausencia permite la libertad de destino y, como estoy en ese despacho donde cuelga el cartel que dice “no puedo hacer nada”, las balas se disparan fuera de mi vista y, mejor aún, fuera de mi control. Volveremos después a ver cómo se solventan a la mañana siguiente.

Mientras tanto, entregado a la dicha del confort de la paz y la esperanza del sueño, despejado el campo de cadáveres y amenazas, relumbra, por ejemplo, el saludo inesperado de un amigo o la hermosura del gorgorito de un jilguero. La fastidiosa obediencia al trabajo hace brotar a través del cansancio una elegante dignidad apenas invasiva, como hace el manantial filtrando el agua cristalina, gota a gota, dotándola de una capacidad infinita de crecimiento a medida que vaya caminando. La grosera inflamación que nos provoca un insulto deja, en esta hora, que la herida abra su boca para reír el sarcasmo de los indolentes. Repáranos en el suave aroma de la trinchera que anuncia mínimamente una primavera, con un atisbo apenas perceptible, pero que en estos instantes de serena impaciencia por el merecido reposo, esparce su efluvio igual que una pequeña dosis de éter o quizás de fentanilo.

Nótanos, pues, que la vida escuece distinto dispuesta en su labor terapéutica a la salvación, por más que sea temporal. Se nos antoja pensar en los efectos imprecisos del tiempo recobrado en estas eternidades, en cierto modo visionarias, que pueden salir de visita bien a los cantos rodados del río, como a los riscos desde donde contemplarlos. No sucede siempre, como no sucede la noche en determinadas latitudes. Por eso nos convida a desplazarnos hacia esos territorios en donde los sucesos albergan, dentro de sí, el espacio de tránsito que hay de un estado de consciencia a otro. También anoto que, dentro de estos espacios volátiles, los pequeños o grandes inconvenientes se alzan como pequeños dones, pues basta pensar en quienes han crecido al margen de todo obstáculo para advertir que el bostezo que profieren gracias a su insólita estabilidad carece de todo interés literario, no digamos espiritual. Por lo general son gentes que no han emprendido viajes, que se han convertido en costumbre en su totalidad.

Advertí al principio que volvería a la guerra, no es mi voluntad la que me arrastra. Pero esta vez con el prismático que las horas etéreas me facilita. Nada mejor para el oteo que situarse en la cima de un farallón elevado, donde poder escuchar el discurso puro que nace silencioso en el vientre de la intuición. Encaramados allí no recibimos telegramas y nada espera nuestra intervención. En cambio, somos auxiliados para la más alta comprensión de que la guerra, una vez declarada, ejerce cumplidamente una soberanía misteriosa. Con absoluta independencia nuestra, se afana en ir poniendo término a la multitud de conflictos que, en estado de vigilia, nos absorbe. Y, para dichoso desconcierto de quien intuye, no son pocas las batallas que se resuelven por retirada de uno o de todos los combatientes. “Los oradores se suicidan pegándose un tiro en la boca” y lo hacen cuando pueden quedarse a solas, a distancia de quienes osamos dar las órdenes. Las controversias se hacen debates, los debates se hacen coloquios, los coloquios se hacen conversación, la conversación se hace acuerdo y el acuerdo se hace unanimidad, como si el suspiro de un Buda les hubiera hecho aprender la unidad o el todo. Esa dimensión en medio del día y de la noche, en la que las cosas han mandado despreciarnos con la asertividad de un liberto, no nos desarma, sino al contrario, nos constituye en objeto del destino, antes de que se nos caiga de las manos el libro de mesita. Después -siempre existe una frontera que se llama después- reparamos en la cicatriz como símbolo inequívoco de que no es posible llamar “vida” a la vida que se vive sin tregua. La lógica clasificatoria muestra que, en estas latitudes que me contienen, el tiempo tiene sus días, sus treguas y sus noches.