viernes, 29 de mayo de 2020

CASI AMAPOLA


A partir de alguna edad inconfesable los asombros no son frecuentes, salvo que perviva el entusiasmo por la observación. Se entra en esas edades en las que “arden las pérdidas”, que bien diría Antonio Gamoneda. Todo ardor trae calor a la par que luz, aunque sea a través de “la muerte de luz que me consuma”, que iba buscando Lorca. Es decir; las gallinas que entran por las que salen. Tantas pérdidas arden, que no cabe perder de vista su rastro. Al fin y al cabo, las pérdidas van alumbrando el camino. Todo lo que se pierde es porque antes se ha ganado. Y en la natural sedimentación de la memoria, capa tras capa, la vida se va aposentando con delicada finura sobre los asombros que fueron en su día la clave de lo que se aprendió. Al principio, una fascinación sucedía a otra y el acontecer inesperado fundamentaba nuestra sorpresa: el primer ladrido, el primer limón, el primer mar, el primer luto, la primera belleza… Muy poco después, la saña del eterno retorno desamparó a la sorpresa y nos legó el prejuicio de tanto repetirse. Hay un preladrido que nos priva del asombro del ladrido, un prelimón, un premar, un preluto, una prebelleza…, es la carga de hastío que soporta la inocencia perdida.
La pose que la certidumbre otorga congela el alma. Se paga el peaje de la seguridad con el estancamiento. Las arrugas que en la piel escriben “los versos más tristes esta noche”, son los surcos y caballones con el que el campesino ordena la siembra, para que no rebase las lindes del bancal ni broten tallos de vida silvestre. No es a fuerza de cultivar cebollas como Miguel Hernández escribe su nana. La buena vida va a exigir el eufemismo, el mirar las cosas desde el lado nunca visto, no resignarse a la pérdida porque, sobre todo, es hueco para anidar nuevos asombros o nuevos aconteceres inesperados. La rebeldía de la naturaleza reivindica la rebeldía del corazón que mira y que siente y si, en mitad del cultivo asoma el blasón de un combate, hay que estar preparados para ver lo que trae, si una mala hierba, si una pincelada de arte en el lienzo del campo. Hay que tener rebeldías sin estrenar para ver lo segundo o para maravillarse.
Quizás la revolución consista en amar la belleza que no existe aún; esperar la sorpresa o buscarla, mejor inventarla. “Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa”, dijo Antonio Machado o “San Antonio de Collioure”, como lo rebautizó Jorge Gillén. Aquí la palabra revolución conserva todo su sentido astronómico. Es un movimiento que acaba en el mismo sitio que empieza, habiendo dado una vuelta completa. Es el giro que da la rueda del carro de las tormentas, donde está escrita la palabra “libertad”, según la leyenda. A la rueda del carro le pasa lo mismo que al río de Heráclito, nunca pisa el mismo camino mientras siga avanzando. Por eso el Arte es en esencia actitud que, al final del camino, va a ser plagiado por la naturaleza. Así es que, cuando sentimos una genuina emoción de belleza al pensar una amapola, sorprende no precisar de ella como amapola en sí, mientras lo que llevamos en el corazón, quizás más allá del corazón, es una “casi amapola” cuya vanidad irreductible consiste en saberse menos mortal y, eso es un invento, pero también es verdad.          

martes, 19 de mayo de 2020

SE PROHIBE EL CANTE


No seré yo quien se aventure a nombrar la verbena de la Paloma en tiempos de sogas y ahorcados. Sin embargo, en la famosa Zarzuela de Tomás Bretón ya se nos adelantaba que “las ciencias avanzan que es una barbaridad”. Algo de zarzuela tiene nuestro tiempo y, no digamos, de verbena. Estamos en un punto en el que cantas una zarzuela o te la cantan, no hay otra. Afinar constituye un aprendizaje urgente, pero no es todo. También hay que saber poner el canto en escena. Una buena pieza en la escena puede esconder mucho oído y al revés, un fenomenal gorgorito tapa muy bien un buen navajazo. Cada uno tiene su público y sabe muy bien qué parte ha de preponderar. Por eso es que hay que andarse listo y salir de casa ya con la nota bien dada y con la entradilla en la punta de la lengua. A poco se acerque o nos acerquemos, como mínimo, hay que soltar el estribillo porque quien canta primero canta dos veces.
Lo terrible de los tiempos de hoy es que todo el mundo lleva en la boca la misma zarzuela. Y, como cada esquina ha compuesto su verbena, nadie sabe por dónde va a venir el canto a dar el cante. En toda época ha preponderado una música, pero era una hegemonía compartida con una panoplia más o menos nutrida de muchas otras. En España se colgaban letreros en las tabernas que decían: “se prohíbe el cante”. ¡Con cuánta nostalgia se echa de menos hoy esa leyenda! Más que nada porque, habiendo muchas más tabernas, el cante es el mismo una y otra vez. Nada extraña tampoco servir de confidente a un conocido que, con disimulo y discreción, te secuestra del grupo y con aire de contubernio se aproxima a tu oído para cantarte la canción secreta por lo bajini y empieza: ¿Dónde vas con mantón de Manila? ¿Dónde vas con vestido Chiné? Y, a partir de ahí, todo lo que se te ocurre pensar es delito.
Aquello del Príncipe de Lampedusa: “que todo cambie para que todo siga igual”, es un viejo propósito político convertido en circunstancia del presente y que, también tiene su predicamento en las tabernas de hoy. Son ellas, las que han cambiado de apariencia, pero siguen concitando la concurrencia de la verborrea, el cacareo, la veleidad, las borracheras de elocuente asertividad, proferidas principalmente por la pereza intelectual tan extendida. Esas tabernas han colgado en sus pórticos de entrada el cartel de sus nombres. Son: “Instagram”, “Twitter”, “Telegram”, “Facebook”, “WhatsApp”, etc. Tabernas a las que se entra ya con la botella en la mano y a medio beber. A diferencia de las clásicas, en estas nuevas se entra ya con la embriaguez de casa, y cada cual puede exhibir si su tablón es de roble o de contrachapado.
Con todo progreso se gana algo y se pierde algo. Todo lo que se ha ganado en rapidez se ha perdido de romántica parsimonia. Son tiempos extraños que nos ha dictado a golpe de decreto universal “el monotema” y está añadiendo un extraño fenómeno que podría llamarse “urgencia a largo plazo”, que es una urgencia que se nos va caducando en las manos y en las tabernas, de cuya cuenta da el tabernero cuando las recoge del suelo en forma de cáscaras. La zarzuela es española, pero la música es universal y parece que los compases suenan igual. Es la llegada del “hombre monótono”, un hombre con un solo idioma, una sola cultura, una sola religión, un solo modo de pensar, un solo tema del que hablar. Se echa de menos a los que, en estas verbenas callan, son atletas del silencio y campeones del misterio humano. Y, tal vez, debiéramos aprender todos nosotros la fina filosofía que tenía el viejo Llimona, el cual al recibir una carta con el timbre de “urgente”, la metía sin abrir en el bolsillo y afirmaba: “mañana lo será más”. En fin, que me voy “a lucirme y a ver la verbena, y a meterme en la cama después”.        

jueves, 14 de mayo de 2020

EL NOMBRE SALVAJE DE LAS COSAS


Estamos a un paso de llamar a las cosas por su nombre. Es el paso que media entre la civilización y el salvajismo, entre la contención educada y la barbarie. Todas las cosas tienen un nombre salvaje y un nombre culto. La distancia es la misma que va del gruñido al imperativo. Lo primero, a pesar de su primitivismo, tiene la fuerza de la naturaleza de su parte y, así, pone en el bufido un recurso de alivio indiscutible. La vida suele gritar ante una herida. Los practicantes de artes marciales saben, también, que alguna fuerza de más se añade al golpe si se acompaña de algún alarido. De modo que, el daño que sentimos y el que hacemos sentir, suele conducirse de un chillido tan original como el pecado de los fieles. Lo segundo, el uso del imperativo, puede ser una escultura del grito, una alfarería que tornea el barro del ruido para hacerlo sonido e investirse de la dignidad de contar con el otro, aunque sea para mandarle.
Del grito a la palabra es tanto como de la realidad al símbolo, de los hechos a su representación. Habíamos inventado el contexto para desenvolvernos dentro del medio alegórico. No es sólo un modo de perspectiva que subjetiva la realidad y la personaliza, sino un instrumento al servicio del confort, la paz y la fraternidad. A fin de cuentas, como dijo alguien, la cultura sirve para no gritar cuando el avión se está cayendo, acción que dice bastante del pasajero al mismo tiempo que no desquicia a los acompañantes. Hablando se confunde la gente porque cada persona ha troquelado el nombre de las cosas en función de sus vivencias, sus aprendizajes y sus decisiones. Pero es una confusión de culto que, mientras nos tiene aturdidos en una red de significados y significantes, destila sus efectos sedantes que acostumbran a venir de la mano de los matices. Los matices son como los muelles del colchón, preparados para amortiguar la caída y adaptarse al cuerpo que lo presiona. Los matices tienen también la función amable de tapar el gruñido. A cambio, la naturaleza permanece inalterada mientras que los humanos creemos que la herida es menor o que la herida no existe. Algunos matices pinchan, como algunos muelles, pero no matan.
Ahora, sin embargo, estamos situados a la orilla de las cosas, observándolas, contemplándolas. Roto el espejismo de los nombres, destruida la elasticidad de los matices, apenas queda nada que sirva de asidero para hacernos las preguntas necesarias. Nos hemos vuelto seres más reales que simbólicos cuando lo propio del arte es no tolerar lo real. Si el anhelo imperial no resiste la mentalidad provinciana, el aullido del “homo lupus” aún menos y, si la apelación a la humanidad fue un ardid para desocuparnos del humano, también hay que admitir que durante siglos nos hemos cobijado con su abrigo. Hay un retorno de las cosas. Cada vez es más desleído el colorido hasta un punto tosco de grises. Nos va quedando la incertidumbre de las cosas que, a base de gruñidos, están emergiendo llamadas por su nombre. La herida es más herida cuando sangra que cuando se la nombra. El golpe es siempre más fuerte cuando impone su criterio de ley natural despojado de matices. Todas las cosas tienen, insisto, un nombre salvaje y un nombre culto. A fuerza de heridas y de golpes, sobre todo de golpes, muchos son los que pretenden llamar a las cosas por su nombre salvaje. Tal vez, una melodía de aullidos esté afinando un canto. Atentos.     
  

      

martes, 5 de mayo de 2020

DIAGNÓSTICO


Desde que el bicho se ha hecho viral nos ha entrado a todos como una especie de título médico que nos ha venido por la simple función de respirar. Yo mismo he adoptado el hábito de enroscar el fonendoscopio a mi cuello para ir a tomar café, lo que ocurre es que no encuentro cafetería abierta, por eso no me han visto. Otros, como en las barras de bar hay desolación y vacío, apoyan el codo en el mostrador de su móvil o de su ordenador y, desde ahí, imparten su magisterio o diagnostican en grupo, que es una novísima manera de diagnosticar. El caso es que estamos de suerte por vivir en un país donde, si hay un problema jurídico, todos los habitantes son jueces, si hay un problema monetario, todos son ecónomos, si un problema de fauna, todos zoólogos. No es que sea extraordinario, sino que es un prodigio natural al alcance sólo de unos pocos países. España es uno de ellos.
No sé muy bien si la opinión generalizada sobre un asunto, lo convierte en actual o, al contrario, que la actualidad es el origen de la opinión generalizada sobre ese asunto. Sea cual fuere el origen, si la gallina o el huevo, la libertad de opinión hay que defenderla a capa y espada. Una opinión, al día de hoy, alcanza una difusión ultramarina en el mismo instante en que el dedo hurgador da la orden a través de una tecla. Es una opinión viajera que rebasa los límites y fronteras que, hasta hace pocas décadas, eran infranqueables por el común de los opinadores. Aun así, la libertad de opinión es un bien indiscutible en sociedades democráticas y abiertas. Además, también hay que reconocer como riqueza aquellas otras opiniones que nos llegan desde los confines del mundo. No sólo es patrimonio nuestro derecho a opinar, sino nuestro derecho a oír las opiniones de los otros.
Pero la defensa a ultranza hay que hacerla a condición de que la opinión no venga con afán de invadir parajes que no son suyos. El conocimiento posee sus gradaciones. Si el saber fuera un cuadrilátero y sobre él, un púgil llamado “opinión”, combatiera contra otro llamado “duda”, habría que invalidar el combate porque no están en el mismo peso. La opinión ha rebasado el peso de la duda por inclinación, probabilidad o convicción y la vence levemente decantándose hacia un lado, sin olvidar nunca que la inclinación, la probabilidad o la convicción no constituyen obviedades o certezas. La opinión es una duda que se desnivela hacia un lado, pero que todavía no se cae. La ambigüedad, prima hermana de la duda, se resuelve por la opinión con una “preponderancia”, nada más. Sin embargo, en el mismo cuadrilátero, tampoco pueden combatir y por la misma razón, la “opinión” con la “certeza”. No están tampoco en el mismo peso. De ahí que lo criticable no sea en absoluto la libertad de opinión, sino la intromisión indebida de aquellas que pretenden ocupar el sitio que no les corresponde.
Después de todo, y como llevo el fonendoscopio que hace a mi cuello distinguido, me voy a tomar la licencia de una mínima auscultación de la salud social, tras la larga exposición a tan abundante material informativo de estos tiempos recientes. Y es que el número de patologías sociales, llámense grupos de “infoxicados” es directamente proporcional al número de “infoxicaciones” que circulan con total libertad. Pero, -esto ya lo diagnostico como “medicum repentinum”- de igual forma que los agentes patógenos, a fuerza de penetrar en un cuerpo biológico lo acaban fortaleciendo, el cúmulo de despropósitos informativos acabarán por robustecer el sistema social inmunológico. Siempre habrá quien vaya a comer al mismo lugar que las moscas, pero ya no contagiarán tanto. Es sólo una opinión.