domingo, 29 de diciembre de 2019

FELICIDAD PROVISIONAL Y CON CARGOS.


Trátese o no de un sueño, padezco recuerdos de acontecimientos que jamás han ocurrido. Son tan nítidos y tan explícitos que no se distinguen en nada de los verdaderos. No sé cuándo son de una clase o de otra y, a decir verdad, esta excentricidad me permite tener un pasado extraordinario. Tampoco puedo saber si tener un pasado extraordinario me hace bien o me hace mal. Sí que me pregunto si el pasado forma parte de la realidad o de la fantasía. En la misma medida que todo pasado no está, no puedo tocarlo, no lo vivo ahora y aquí, tiene algo de fantástico con independencia de si ha tenido lugar o no. Le basta constituirse en presente para adquirir vida. Y no sólo adquiere vida lo que del pasado se recuerda, haya o no pasado, sino lo que no se recuerda del pasado. Tiene el presente, por tanto, una porosidad inherente; es decir, unos vacíos que, al rellenarse, le dan volumen. Cuántos más recuerdos, más gordo es el presente. Otra cuestión es si es de obesidad mórbida o simple corpulencia. Consciente de tal fenómeno, cabe preguntarse si, de vez en cuando, nos van cambiando adrede nuestros propios recuerdos y, de esta forma, propiciarnos un presente ajustado a ellos. A los efectos, nada importa que hayan pasado o no. Lo que importa es lo útil que puede resultar.
Algo así  me sucede con las ideas. No sé si son propias o ajenas. Si, por ejemplo, no me hubieran dado a conocer un calendario, me sería imposible reconocer un domingo o un miércoles. Se nota que es domingo –digo- y se nota por la simple suma de personas que lo notan a raíz de una imposición del domingo, pero el domingo no es natural, no brota de ningún manantial ni cae de ningún cielo. Así es también el “cólico frenético” en el que se ha convertido el tiempo de navidad. Este presente que, como todos, es neutro, si no fuera por la porosidad o, lo que es lo mismo, por la imposición, nadie lo notaría distinto. Los comportamientos y las actitudes se adoptan por efecto de “algo” que nos es dado –no sólo es calendario- y que se inocula a través del deseo humano de medir, de contar o de clasificar, pero el último día del año pinta igual que el primero y, sin embargo, no se felicita el año un 7 de junio. Eso quiere decir que nos preparan para que, cuando suene el pito, hagamos todos lo que corresponda.
En estas fechas lo que corresponde es desear felicidad usando, como por costumbre se usa, el plural expresivo: “Felicidades”. Pero es que el término viene revisándose continuamente al margen de la propia experiencia. La felicidad ya incluye el sufrimiento necesario para tomar consciencia cierta de ella y, además, la propia y somera consciencia es ya felicidad. Las distintas derivas definitorias no te dejan ser infeliz. Se trata de una felicidad “académica”, no de una felicidad del hombre de carne y hueso, del hombre que trabaja, que ama, que envejece, que come, que vive. Así como lo académico no permite que quede alguien al margen de la inteligencia y ha creado distintos tipos para que nadie quede excluido: “inteligencia cognitiva”, inteligencia emocional”, inteligencia ejecutiva”, etc.,  con la felicidad sucede lo mismo. Prescindo de las distintas intenciones con las que se felicita. Yo, por ejemplo, no me dejo felicitar si no es en presencia de mi abogado y, todo el mundo sabe que, llegado el seis de enero por la tarde, todo mortal queda en “felicidad provisional y con cargos". Sean Felices, no se lo piensen, no lo sueñen, no lo recuerden: ¡sean!

sábado, 21 de diciembre de 2019

CONJETURAS


Hay días que amanece sin esperar a nadie. Hoy, por ejemplo, en cuanto he conseguido desprender de las retinas los escombros del último sueño, descubro que la claridad ha madrugado. Hoy es una claridad tamizada de lluvia fina; es decir, impregnada del último éxito de Luís Landero, uno de los libros de mayor éxito del año que termina y que yo no he leído. Los títulos parecen importantes porque nos llaman y lo hacen por nuestro nombre, que es como el título del libro que somos todos. Casi todo tiene ya nombre y, ni que decir tiene, eso le da existencia. Oí decir que la depresión existe porque tiene nombre, cosa muy de pensárselo a raíz de que vivimos permanentemente a lomos de conjeturas y torres más altas han caído. Sin ir más lejos, hoy se hace público el premio otorgado a una joven (Marithania Silvero)  por refutar una conjetura matemática de hace treinta años. Una idea que establecía la creencia de que dos familias de nudos matemáticos eran equivalentes. Le hubieran preguntado a cualquier hijo de vecino y se habrían cerciorado de que nunca dos familias han sido equivalentes. ¿O ustedes cenan con la familia consanguínea con la misma gracia que con la política? Esta es otra muestra de los efectos que tiene la política sobre cualquier cosa que toca.
El propio nombre de “conjetura” debió inaugurar el día de su invención un abismo cósmico y una terrible ignorancia universal que, sin embargo, en vez de caer en el saco del relato mistérico, aparece en el de la aceptación científica, no sé si se han dado cuenta. En su raíz etimológica lleva algo de “lanzar” o de “arrojar” como quién tira una moneda hacia atrás en la Fontana de Trevi, sin reparar en que el efecto característico consiste en volver y no en quedarse. A mí me parece que absolutamente todo debiera pensarse, hablarse, escribirse o clasificarse bajo el inmenso título de “conjetura”. Ese sería el título de un libro en blanco que escribiera para lectores autodidactas. Y como tiene nombre de mujer sería perfecto, conjeturo.
Toda inteligencia despierta con la mañana, dicen los Vedas. La mañana llega cuando estoy despierto y hay en mí un amanecer. Tal vez, algún fragmento de los escombros del último sueño, sin desprenderse aún, llevaba el dibujo de un amanecer levemente lluvioso y he confundido el sueño con la vigilia como Descartes cuando fundó el método. El desasosiego de la conjetura se hace extremo al mirarme al espejo, dónde compruebo que algún impostor se ha apoderado de mi imagen reflejada y, al verme, me devuelve una conversación imposible, un carácter desconocido, un sentimiento anómalo, una emoción invisible y unas ideas ajenas. No puedo probar nada de lo que digo y no puedo dejar de estar seguro. La conjetura así vista es una variante del síndrome de Capgras, pero aplicado a ese otro que me imita en el espejo y que he descubierto en cuanto le he quitado el nombre. Peor es el impostor que no necesita espejo, pienso. Sin espejo y sin nombre a ver quién aguanta su biografía. Los objetos y las personas son más interesantes fuera de sus lugares propios y los nombres son lugares donde unos días llueve finamente y otros días hay nudos que me son muy familiares cuando están en la garganta. Conjeturas, digamos.       

 

miércoles, 4 de diciembre de 2019

SOLEDAD


A menudo he creído sentir que la soledad se emparentaba con el silencio, con la oscuridad o con el vacío. Unas veces hija de algún aislamiento y otras veces hermana de alguna quietud de espíritu, la soledad se ha presentado como una especie de abandono. No es que haya ido hacia ella, sino que, como una bruma sutil ha emparamado todos los trozos de realidad que están a la mano, haciéndolos ajenos y desconocidos. Los objetos con los que se convive huyen de su propio aspecto y se van quedando huecos y desleídos. He tenido la sensación de que todo cuánto hay fuera de uno mismo se desata en una feroz batalla por conseguir la desaparición y la indiferencia de la persona en soledad. Pero también he pensado que esa misma pugna la libran, con igual ferocidad o mayor, todos los mundos que han venido orbitando en el universo interior de cada cual. Hay una desbandada masiva de “yoes” en retirada que persiguen descoser la red que somos y que hemos ido anudando “ego a ego”.
No creo que estas disquisiciones sobre la soledad hayan pertenecido en algún momento al gobierno del entendimiento o al de algún  razonamiento de tipo proposicional, sino que atiende más bien a una inconsistente forma de negligencia o de pereza de ánimo. Es una vaguedad, por así decirlo, que no se ha detenido a pensar por qué el pensar se detiene.  Tiene lugar en el contexto líquido o gaseoso de los espacios que van dejando las verdaderas ideas. Éstas, como cuerpos físicos y consistentes, numerosas o escasas, establecen líneas de relación entre ellas, sin poder evitar las ranuras o huecos que tales trabazones propician. Ahí es donde anidan las roñas de la flojera mental, que comportan la fuente de la sabiduría de tópicos o la umbría del conocimiento. Por eso, a veces, se cree creer en algo o se tienen sensaciones, como la que he descrito sobre la soledad.
No es verdad que los objetos persigan conseguir una indiferencia del solitario. Lo cierto es que, al contrario, se convierten en proyecciones íntimas del observador que, provisto precisamente de una radical intimidad, se incapacita para establecer un diálogo con el objeto y, en su lugar, establece un monólogo. De tal manera que, todo cuanto acontece alrededor queda mudo en beneficio del relato interior, desvivido en hablarse a sí mismo y en endosar a cada pedazo de realidad el cuerpo histórico de su vida en relación al objeto. Cada cosa va a experimentar su existencia sólo en la medida que recupere la parte más honda de su vínculo con el sujeto, lo que la va a convertir en única e inefable. Por eso, la soledad, lejos de constituir un aislamiento, es una relación tan profunda con las sensaciones y sentimientos que se despiertan, ya sean tristes o alegres, que son indecibles y, por eso mismo, solitarios. De una verdadera emoción de arte o de belleza emanan soledades, como emanan soledades de una enfermedad o una desgracia. No significa que se esté solo, sino que se es solo. En cuanto la conciencia se hace lúcida; es decir, abierta a la luz, quedan completamente iluminadas todas las soledades y ellas son los “yoes” y las voces que, paradójicamente, nos dan compaña.       

martes, 19 de noviembre de 2019

EL SILENCIO INHUMANO


A poco que se ausculte un silencio descubrimos que, allí donde hay algo callado, tiene lugar una verdad. Hay que prestar, entonces, atención a lo que se oye cuando nada se hace oír, incluyendo la escucha de uno mismo. No importa si ese silencio ha de deber su entidad moral a su persistencia como silencio o, por el contrario, ha de cesar para alcanzarla. Lo que ahora importa es la naturaleza del silencio en relación con la verdad. No existe vínculo alguno entre el silencio y la mentira porque nadie fabrica una mentira para callarla, eso es contrario a su condición más íntima (algún día hablaremos de la intimidad de las mentiras). El silencio no puede mentir. ¿Acaso el silencio incrustado en la piedra de las catedrales no conforma una verdad solemne? ¿Puede el silencio profundo de una casa ordenada encubrir el frío de la estancia? ¿No es el Maestro el silencio mismo que, allí donde está, todo deja de sonar indiscretamente? Maeterlinck escribió acertadamente que “lo que se recuerda de un ser al que has amado profundamente no son las palabras que ha dicho, sino los silencios que se han vivido juntos”.
La importancia del silencio, que va más allá de la aniquilación del ruido, es gracias a la relación amorosa que tiene con la verdad. No parece casual que el género del silencio sea masculino y el de la verdad femenino. Es verdad también que todo silencio alberga su verdad; pero no toda verdad tiene su silencio, lo que da medida de la superioridad de lo femenino en cuanto a su naturaleza independiente. No sabemos quién engendra en quién, pero el fruto es siempre de una heroicidad de combate, como corresponde a las verdades desnudas. A partir de ahí, la tensión entre el silencio y la verdad es a muerte: paradoja que siempre se resuelve bien cuando la verdad no basta para el fin de la bondad.  
Yo, que entro en mí de puntillas para no despertar a nadie que me habite, si por algún traspiés de repente despierto a alguien le digo lo que Kafka le dijo al padre de un amigo al que despertó al entrar en casa: “Por favor, considéreme usted un sueño” y continuo en silencio buscando mis verdades. Una vez halladas –sólo se manifiestan en modo silencio o en modo pregunta- me como la carne que rodea al hueso y rápidamente planto la semilla para ver si crecen más silencios o más verdades, es decir; si tienen vidas, porque las verdades muertas no cuentan, como no cuentan los silencios muertos.
El silencio no pertenece a lo humano. Reparemos en el silencio del dolor, de la noche, del desierto, del erotismo, del frío, de la distancia o del color azul, por ejemplo, y señalemos que todos son el mismo secreto anidado en el tuétano de todas las cosas que no somos nosotros. Ni siquiera el lenguaje carece de una carga de silencio, y no porque lo trascienda, sino porque lo sustenta. El silencio es el suelo del ruido, la profundidad de todo lo que ya estaba, el lugar del que venimos y, necesariamente, el eterno destino que es como decía Rilke “un silencio como cuando cesa un dolor”. Es, por tanto, el hogar que solo es sentido como tal cuando ya es demasiado tarde: cuando ya se ha perdido.  No nos pertenece, como no nos pertenece la verdad que la ceremonia del silencio nos hace conocer. ¿Y si no es humano, qué es? Guardaré silencio.    
 

 

lunes, 28 de octubre de 2019

"ESPAÑOLISMO": ESE RÉGIMEN.


           
El franquismo es algo maravilloso porque tiene todo el pasado por delante, que diría el maestro Borges. Aquello no es que viniera para quedarse, sino que siempre estuvo como un aceite –tipo santo óleo- ungiendo desde siempre una forma de ser que no levanta cabeza. Es el franquismo el que pone a Franco y no al revés y, es evidente que va poniendo nombres a cosas iguales, que son distintas porque tienen nombres distintos. Primero el nombre y luego todo lo que dé de sí. Ha sido desde tiempo inmemorial una cruzada continua contra el humor, contra el buen humor. De esa triste condición ha nacido el cachondeo y el gracejo cuyo mérito es camuflar el sentimiento trágico de la vida y sobrevivirla, pero en lo más hondo está lo “jondo”, que es más de lo mismo. Decía Don Antonio Gala algo así como que el andaluz inventó el cante jondo para poder quejarse a gusto. Y el franquismo, que nos viene de los Reyes Católicos, nos ha impuesto la seriedad de un guardia civil sin graduación poniendo una multa, o la de una monja alférez abriendo un misal.
            Cada español lleva en el pecho la mancha heredada de la bala que mató a su antepasado. Y en la pronunciación se nota el compás de cada bando; pero al prestar atención resulta que la melodía es la misma. El sentido del pensamiento (llámese aquí pensamiento a algo que no lo es) se afana en señalar al otro como el destino ideal para descargar la ira acumulada de tantos siglos de rancia catolicidad. Una catolicidad formal que ha superado con creces la catolicidad material y que ha vivido para bendecir apariencias en lugar de esencias. Pues ese antiguo “pensamiento único” ha sido el único modelo del que han bebido los unos y los otros, por eso es triste esta época en la que cómodamente podemos tomarnos un whisky con quién, en un momento dado, puede mandarnos al paredón.
Precisamente es ese gusto por las apariencias el germen de las dos Españas. No son los bandos clásicos determinados por la tipología política al uso, sino la lucha encarnizada de lo auténtico contra lo impostado, de las esencias contra las apariencias y aquí nadie cree necesitar más entendederas que las que tiene (el bien mejor repartido del mundo es la razón: todos creen tener bastante) porque el otro es siempre pura apariencia y, entonces, no es un igual.
Cada vez que la modernidad ha hecho intentos por levantarse o los aires de la Europa desarrollada han sido invocados desde alguna esquinita de España, era la mentalidad de casulla, de hisopo y de peineta la que imponía su impronta de Isabel y Fernando sobre la mesa. Sobre una mesa que se proclamaba cristiana y que renunció al salvoconducto para la eternidad: el amor. Don Antonio Machado, a través de su “alter ego” Juan de Mairena, consciente de esta anomalía generalizada y que proviene de tan lejos, propone una educación para la “contemplación”.  El “Santo de Collioure”, como lo rebautizó Jorge Gillén, deseando que se supere la hegemonía del pragmatismo y el cinetismo, propone siete reglas para esa educación, de las que sólo transcribiré la última: “Yo os enseño –en fin-, o pretendo enseñaros, el amor al prójimo y al distante, al semejante y al diferente y un amor que exceda un poco al que os profesáis a vosotros mismos, que pudiera ser insuficiente”. Claro que mentar el amor en clave política es de Quijotes y los Quijotes son muchos españoles y muy españoles, Rajoy dixit.    
           

              

domingo, 27 de octubre de 2019

COMO UN GATO POR VOS.


           
Lo que recuerdo de aquella calle no eran los sones lejanos de las promesas deseadas, sino las asimetrías cubistas que me enseñaste a mirar, aún sin que hubieras llegado todavía. Todo era tenerte en cuenta en esa dimensión que iba del Arte al pragmatismo y que mostraba los lagrimales repletos de Baudelaire. No me quedaba más remedio que hacerte de gato en medio de un poema. Me quedaba quieto, no yo, sino mis inercias argumentativas y siempre en favor de esa otra forma de ego que nunca se cansa de sustentar todo el resto. De tal manera que aprendí a comprender que algo debe permanecer detenido para que algo pueda traer movimiento. Así que eras tú la que estabas y no estabas. De pronto ocupabas la avenida principal dentro del urbanismo completamente desordenado de mi mente y en un abrir y cerrar unos siglos de distancia, estabas en la eternidad bebiendo un vino muy rojo y sonriéndole al espejo, como si nada, como la que manda hacer el cosmos y la habitación al mismo tiempo. A veces, los preludios de Bach nos traían la distracción, otras era el ruido de un motor lejano que arrancaba en medio de la nada y antes de los primeros claros del alma. Entonces reparábamos que, uno contra otro, habíamos olvidado la pizza en el horno de la noche anterior y también reparábamos en que nos importaba nada el olvido o los olvidos porque la metafísica nunca era vital ni perentoria, sino recurrente y definitiva. Recuerdo también el humo, un humo dilatado que respirábamos una y otra vez y que, de tanto entrar y salir de nuestros pulmones, iba volviéndose más nosotros que nosotros mismos y la estancia se llenaba de un nosotros etéreo y omnipresente, como dioses inmanentes incrustados en todos los objetos, por ejemplo, en las pelusas del suelo o en el mismo goteo del grifo. De esos discursos vinieron las rimas y las asonancias que para mí, al menos, fue otra manera de hacerse notar la belleza líquida de los sentimientos que esparcías a tu alrededor. ¡Qué galimatías ponerles nombre! A veces, me encerraba a jugar a detenerlos y a amarrarlos dentro de una sola palabra, y, nada más abrir el juego, se agolpaba una larguísima hebra de palabras en pugna por respaldar una meritoria filología impotente y boquiabierta. Nada que fluya puede atraparse. Éramos habitaciones del planeta, recuerdo. Si tu piel, dormitorio en las horas de mar sereno, se hacía alcoba en las marejadillas. En todo tiempo, despensa de todo lo que alimenta y yo mismo, incrédulo, un corredor para unir todas las puertas, unas abiertas y otras cerradas. Así que, callejear en los versos bordados sobre la carne del tiempo que nos tuvo, no fue más que palpitar y sucumbir a la inercia de pensarte en todas las cosas; era mi forma de ser; hacerme valer como sujeto dentro de los objetos. Todo lo que me rodeaba te tenía y me tenía. A veces, pesabas más tú, otras yo, y me clavabas los ojos desde la ceniza o desde el timbre, qué sé yo. Pero ese conjunto evanescente de imágenes disipadas, apelantes, que llenaba nuestro tugurio y nuestras ansias de vos y de nos, fueron la antesala de tu llegada verdadera que me encontró aquietado como al gato del poeta y maullando que todo lo dicho es el trazo del tiempo sobre el lienzo de nuestra ensoñación: miau!          

viernes, 25 de octubre de 2019

OTRAS VÍCTIMAS DEL RÉGIMEN.


           
Los repetidos intentos de las generaciones de paz por resarcir a las víctimas de la represión del oprobio continuado chocan, una y otra vez, contra una denodada resistencia incapaz de avenirse a la simple condición de “buena persona”. ¿Qué rara enfermedad es esa que impide reconocer el dolor ajeno y no permitir una mínima sanación simbólica? ¿Desde qué resorte psicológico mana la objeción a que lo humano sea humano? ¿Cuál puede ser el origen de la esclerosis social y del inmovilismo intelectual de anchas capas de ciudadanos nostálgicos y reaccionarios? Tal vez aquí haya que aclarar que los reaccionarios y los nostálgicos habitan en cualquier parte del arco ideológico. Por acción o por reacción, unos y otros están impedidos. Ello no importaría si no se hubieran convertido en el peor muro de contención para el progreso de la humanidad.
 
 
            La realidad es infinitamente más prolija que el ojo de la cerradura por el que se la mira. Ni siquiera el análisis de ninguna sociedad puede abarcar la enorme cantidad de elementos que intervienen en su construcción, así que tengamos un poco de calma en el asunto. No es apelar a la equidistancia, desde luego, pero sí a la ecuanimidad y a la perspectiva. Yo sé bien dónde estoy y por qué, por eso mismo me puedo permitir decir sin sonrojo que hay buenas personas en todos lados de la misma manera que hay malas personas en todos lados. Un poco de respeto por las víctimas no viene nada mal en ningún caso. Al decir “en ningún caso”, es en “ningún caso”.
            Aquellos que fueron imbuidos de propaganda o cuyas mentes fueron deliberadamente estrechadas con machacona cultura de sacristía y folklore, aquellos a los que se les negó el libre pensamiento y se les confundió durante años la idea de buen ciudadano con el comportamiento sumiso, aquellos que no tuvieron la oportunidad de escuchar que los símbolos vacíos, desprovistos de argumento y sentido son instrumentos de exclusión cuando no de odio, aquellos que vivieron desleídos en el régimen líquido de la época y eran ellos mismos el mismo régimen, aquellos que no fueron responsables de su propia ignorancia, aquellos, digo, también fueron víctimas de lo mismo y nunca se habla de ellos.
            El flujo de la historia no nos sitúa en ninguna parte, sino que nos traslada, nos va moviendo. La historia es dinámica, por más que nos empeñemos en sacar fotos fijas. En el río de Heráclito, también nosotros nos dejamos, vencidos, arrastrar corriente abajo a la velocidad que el agua lleve y, quizás nos estemos volviendo régimen laminar o turbulento, pero régimen. No seamos las otras víctimas de las que nadie hablará mañana.  

viernes, 4 de octubre de 2019

POLITICOIDES EN SUBJUNTIVO.


           
Al baile de los cortesanos le sienta muy bien el subjuntivo, de hecho esa danza de vacíos y oquedades es más imaginativa que cierta, no hay más que asomarse con el oído afilado para saber que, mientras unos se mueven con los sones de un vals y ofrecen su brazo o su cintura para completar la pareja, el solicitado o la solicitada acepta con movimientos de rock and roll y cada cual baila su música sin apenas rozar el sentido del compañero de baile.
            Demasiada Corte para tan poco salón de baile. Demasiado matiz lingüístico ese del “subjuntivo” para que puedan comprenderlo quienes se creen siempre en el “indicativo”. No es ya que la incertidumbre sea consustancial al modo subjuntivo, sino que la coreografía es de una inconsistencia nunca vista, lo que la reputa para el espectáculo de un circo pongamos por caso, pero nunca para un auténtico Arte; el Arte de lo posible que es la política, por si no se habían dado cuenta.
            Como son vacíos contra vacíos, pues se traspasan sin verse ni mancharse y quedan las músicas con muchísimo más cuerpo que los danzarines de humo invisible. Se creen pluscuamperfectos y no han llegado a condicionales y, ya entrados en esta harina, lo contemplado es “petafísica”, que no es otra cosa que una metafísica de quiosco que en boca proporciona un retrogusto saltarín y juguetón, pero absolutamente nada más.  
“Compratítulos”, “copiatesis”, “pistolero”, “bienmandado” y “paleomarxista” conforman la espuma de un sistema en escombros que demanda más altura y más cuerpo. A veces, para el baile, da igual la música, con tal de que todos bailen la misma o sepan en qué modo verbal se está jugando. Se ha rebasado la frontera de la mediocridad hacia abajo y estamos en la “inferiocridad”. Por primera vez en la reciente democracia española todos los líderes poseen una característica común: restan votos a sus partidos en lugar de sumarlos.
Suerte que las conjugaciones encuentran acomodo a lo largo de cualquier tiempo, sea para bien, sea para mal; pero siempre encaja la historia en un molde único e inamovible, aunque la hermenéutica haga verla desde muchos lados. Nos contentamos con que no se use el imperativo, pero ¿qué hacemos, qué hacen?     

sábado, 3 de agosto de 2019

LAS INFANCIAS


Sucede solo en verano y todos los veranos, como ejemplo del eterno retorno. Si el calendario comienza sus cuentas, a mí no me llegan hasta que, un día cualquiera, aletargado tras la comida, me siento a reposar vencido, y un hilillo de sudor circunda el cuello lacio como una promisoria soga de ahorcado, o como la señal húmeda por donde ha de cortar el verdugo mi cabeza. Invariablemente este episodio me hace despertar con dos certezas. Una es que ha llegado el verano una vez más y otra es que, a juzgar por el inquietante desasosiego con que me levanto, aún conservo un esmerado cariño por mi cabeza. No es que tenga mucho valor, sin embargo, creo que pegada al cuerpo tiene algo más.
El verano nos trae el mar y el mar nos trae la infancia. Claro es que, por alguna licencia de la costumbre, todos creamos tener detrás nuestra, una infancia. Nada más falso que limitarnos a una. Todos tenemos varias infancias totalmente distinguibles. Una vez que maduras, las vas pegando todas para darles un solo cuerpo y, dices que vas a ella como el que va a un solo territorio. En verano, la infancia a la que retornamos es la de los grandes castillos imperiales hechos de arena fina. Castillos con espléndidos torreones almenados donde siempre había una princesa prisionera y una terrible grieta por donde empezaba a desmoronarse el torreón. Iba uno a ultramar a cargar el agua y se venía bañado y con hambre. Una vez hice un foso enorme para que cupiera todo el Mediterráneo y que el castillo quedara en medio infranqueable. Cuando vi en un mapa por primera vez Córcega y Cerdeña, me dije: ¡Caray, se lo ha currado el niño que sea! ¡Ya veremos cómo resiste la ola del melillero!
En el fondo, lo que hay en la infancia es una sucesión ininterrumpida de actos iniciáticos porque, si hay algo que la define es que todo sucede por primera vez. Es el tiempo del asombro y los grandes descubrimientos. Más tarde, la lucidez será el devenir de las constantes repeticiones de la realidad; pero, de momento, toda la vida que nos va viniendo es nueva y la vamos estrenando. El amor no cuenta, porque siempre sucede por primera vez, una y otra vez. Es esta una dulce infancia que no es pasado, sino el presente veraniego de nuestro pasado infantil.
Poseemos otra infancia cruel y trágica que, por influencia de una visión adulta, no alcanza el fundamento que debiera. Cuando de niño perdí la bola de un helado de fresa por culpa de un infantil movimiento, sentí lo que España al perder sus colonias en el 98 y, si la época dio para configurar una ínclita generación alrededor de una realidad adversa y depresiva, yo también lloré tórridamente la pérdida sin una mota de lirismo en las lágrimas. La tragedia fue cierta, brava, dramática como para un bebé es la pérdida de una madre que ha ido a la cocina a llenarle el biberón de agua. Hasta que una madre no vuelve quinientas veces, la pérdida es segura y desoladora. Yo aspiro este verano a ser de mayor un niño y tomarme un helado de fresa con dos bolas.   

 

sábado, 20 de julio de 2019

EL CIGARRO DE DESPUÉS.

Lo que sentí no es algo que pueda interesarnos para nada. Si al encender el pequeño extremo del cigarro me vino el olor de los tilos o la imagen de un enorme ciprés inclinado hacia un cerezo en flor, qué importa. Si al elevar la mirada hacia la nada, con la ayuda de una hebra desdibujada y ascética, encontré el alma llena de gladiadores y a la antigua memoria levantada y eufórica aplaudiendo el espectáculo, no es algo que pueda interesarnos para nada. Cuando el asedio del humo, insustancial y pulcro como los placeres más excelsos, despliega la compañía cálida de un abrazo de abuela y la elegancia del gesto de un sabio invocando a la luna o a la piedra, cierro momentáneamente los oídos, el tacto y el lenguaje y, si se clausuró el tiempo, no es algo que pueda interesarnos para nada.
Casi siempre se ensancha inconsistente el lejano recuerdo de un velo como el de Maya, etéreo y vaporoso, insinuante y vigilante tímido que se ruboriza por el paso romántico de unos latidos satisfechos, y eso no le incumbe a nadie. El precipicio es indiferente al ensueño y éste es indiferente, a su vez, a toda caída. A un solo paso está la dicha y la batalla de soledades y de indolencias, al alcance de una sola respiración que baste para ambos está la ciudad de las sombras. Yo me derramé en el vacío que va dejando la lluvia sobre el humo de la habitación y, líquido ya, apuré otra respiración de melancolía y sentí que no es algo que pueda interesarnos para nada. Cada mirada es una lejanía y por cada tristeza hay un dios rogado, y en cada ruego me  desprendí de todos los nombres para quedarme vagando en la nada como el centro equidistante entre dos extremos vacíos.
Después el viaje, otra vez, por el camino incandescente que va desde los llanos del deseo a la cumbre del hastío, una calada más y un extravío menos. El paraíso te sorprende por asalto en medio de una niebla de tabaco y de ausencia, no todas las ausencias huelen a tabaco, pero sí a mujer. No es algo que pueda interesarnos para nada. Si en la última parada, transcurridas cinco o seis eternidades a pecho, inauguré de nuevo mi voz y, otra vez, un olor de ciruelas o de plumaria se instaló concreto y preciso, o el retrato en sepia del profeta de hielo se hizo claro augurando tu porvenir y el mío, eso es que se llegó a las cenizas y no es algo que pueda interesarnos para nada.       

miércoles, 17 de julio de 2019

LA MONÓTONA HUMANIDAD


A menudo se establecen y se institucionalizan categorías de mezquindades humanas que no son capaces de superar la línea de la corrección política. Esta es una suerte de totalitarismo implacable, a modo de censura y autocensura, que van adquiriendo las características de “puritanismos tramposos” y “tabúes lingüísticos”. Posiblemente, asentado este entorno envolvente, el secreto y el silencio constituyan, “una de las más grandes conquistas de la humanidad”. En el fondo de ellos no creo que habite serenamente verdad alguna, sino heroicamente. Son los que Zweig llamó “héroes secretos del espíritu”. No recuerdo exactamente a qué clásico griego atribuir su frase de que “la naturaleza ama ocultarse”. Lo estrambótico de la modernidad es que se haya virado del noble ejercicio de la búsqueda de la verdad al laborioso empleo de esconderla, con el único propósito de no levantar sospecha.
En este clima globalizado, cuando la superabundancia de información y el conocimiento-total están al alcance del bolsillo gracias al móvil, se debería haber consagrado el mayor de los aprendizajes humanos que consiste en haber aprendido a no tener razón. A poco que se observe cualquier cosa de la que digamos que es “verdad”, se desprende que una característica  principal es su movilidad. Las verdades son dinámicas y, por pura constitución, depositarias de infinitos pormenores. Una fantasía o bien una mentira son objetos acabados, terminados, sobre los que ya no caben más preguntas ni indagaciones. En cambio, imaginemos el rayo de luz que cruza del postigo al sillón y veremos con él un número indeterminado de partículas en suspensión, diminutas a nuestros ojos; pero que sometidas a análisis con métodos espectrales exhaustivos se obtiene el anchísimo universo de un continente por partícula y sobre las que eternamente pueden recaer toda clase de preguntas. En la verdad no pueden agotarse los detalles.
Por eso, el perspectivismo, como método de observación que varía la posición del sujeto sobre el objeto, deja a la “cosa en sí” intacta en su formulación estricta de realidad completa. La “hostil cerrazón de los cejijuntos y la derretida secuacidad de los boquiabiertos”, apabullan la verdad de que todos los puntos de vista –quiero decir: puntos desde donde se observa y describe la realidad- instituyen con mayor precisión una verdad que nunca se deja atrapar por un solo costado, por más empeño que le pongan en anular las posiciones que no sean las suyas. En un mundo así, es menos heroico morir por una idea que tratar de comprender las ideas de los demás; más aún cuando las ideas de los demás, por exigencias del guion, quedan expresadas en el silencio o en el secreto.

jueves, 11 de julio de 2019

LA VERDAD NECESARIA.


           
Es tiempo de inquietud radical por temor a que en cualquier momento las matemáticas nos den el susto definitivo. La vacua esperanza desmedida que tiene Occidente en el pensamiento binario, en el maniqueísmo, en el racionalismo simple, puede fracturarse de repente en cuanto el universo nos dé una nueva orden.  Jacques Derrida alertaba de que las matemáticas no son lógicamente ciertas. Ponía ejemplo: 12 x 0 = 0 y 13x 0 = 0, de lo que lógicamente se sigue que 12 = 13. Hasta en las matemáticas se han instalado “verdades necesarias”. Curiosa expresión ésta de “verdad necesaria” cuyo último significado pone el protagonismo en la necesidad antes que en la verdad.
            Cierto paralelismo de inquietud lo hay con la gramática, cuyas galerías encierran cortes y delimitaciones de la realidad. Las palabras llevan dentro una vocación de constreñir y, sólo cuando el receptor se acerca a ellas con la intención de expandir el significado, sirven como una mera aproximación. Pero, digámoslo claro, la realidad se queda fuera. Tal vez, debamos prestarle más atención a la realidad del lenguaje en lugar de a la realidad que pretende describir. Algo así son las preocupaciones de Sánchez Ferlosio en toda su obra. Por eso es tan difícil entenderle si no es con la mente de todo el cuerpo.
            En el caso de las matemáticas, la preocupación emergente, tal y como nos ha apuntado Noah Harari en su obra “21 lecciones para el siglo XXI”, tiene por objeto lo que el desarrollo simplista de la ciencia y la tecnología puede alcanzar sobre las emociones humanas, por ejemplo. Mi regla de tres es que “la ciencia es a la cultura lo que las matemáticas es a la erudición”. Es decir; si la futura regencia va a descansar en algoritmos externos capaces de comprender y manipular las emociones humanas con incluso más tino que lo hiciera Shakespeare, no queda más amparo humanitario que acudir a la Cultura para resguardarnos y al concepto de “verdad necesaria” para salirnos de él. La Ciencia, escrita así con mayúscula, debe venir en nuestra ayuda con la implacable determinación de poner el “cero” de Derrida en el sitio que le corresponde: expandido en lo que llamamos universo.  
            En el territorio del lenguaje, sin embargo, el orden dominante de la realidad ha quedado históricamente a las puertas de palacio. Las cosas son los límites del hombre, como dijo Nietzche. Quitando las cosas, el hombre no tiene límites y puede ser todo lo romántico que la Ciencia le ordene. Por eso hay un lenguaje que tiene la misión, no sólo de rehuir la realidad, sino de crearla y ponerla al servicio de la humanidad. La propuesta consiste en enfrentar el cuatro del dos más dos porque, en verdad, no siempre necesitamos ese resultado. Mendelssohn dijo, en 1765, que “si la prosa satisface la razón”, la poesía quiere otra cosa”. Me parece intuir que “esa cosa” que quiere la poesía es salvarnos; hagámoslo.

                  

miércoles, 10 de julio de 2019

Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir.


Extraño mundo el de la distancia que hay entre tú y yo. Por más que un engranaje mental medie como espacio entre ambos, entre los dos siempre hay una conjunción copulativa y la más copulativa de las conjunciones. Un espacio y un tiempo, nos es dado compartir. Sin quererlo, la simple consciencia de que estás tiene muchísimo más poder que las distancias. Ellas, las distancias, carecen de significación si tú no estás, mucho menos si tú no existes. De hecho, la extensión de su campo afianza tu presencia que, como aspiración o como destino, se hace majestuosa y hechicera, altiva, desde la cumbre oscurecida de una noche ingrávida con tus ojos clavados mágicamente en los míos, ya los tenga abiertos o cerrados. Estás, desprovista de eufemismo, lenguaje o metafísica, porque no hay varios espacios, sino uno solo que nos envuelve a todos. Así que ocupas la intimidad y la extimidad, como bañada en las aguas del tiempo y a sabiendas de que nada circunstancial sucede, tan sólo la existencia a modo de consuelo completo.
              Extraña, también, la versatilidad del tiempo que nos contiene, pues siendo el tuyo, es el mío. El tiempo es el arco tensado del guerrero que prepara el destino de la flecha, y tú y yo nos parecemos mucho a la flecha preparada: estética de una potencia latente y desconocida. “Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir”. Es indiferente el destino; nos basta con “ser” y “tener que ser” para el mismo arco, para el mismo brazo que lo tensa, para el mismo guerrero y para el mismo tiempo del guerrero que, a su vez, es flecha del mismo arco. Pero nos divierte el lenguaje y sus laberintos, escombro del pensamiento y hacedor de confusiones tan hondas que parecen leyes o dogmas. A nuestro tiempo, al tuyo que es el mío, le sobran las costuras que la filosofía le cose porque estamos, porque somos, porque partimos…   

sábado, 29 de junio de 2019

Las fronteras del español.


           
Ni por virtud de ninguna ley ni por dictado de ningún pretexto, me suelo tomar de vez en cuando unos tragos con el “Embajador de Frontera”, sino que lo hago por puro capricho. Este es un empleo nada antojadizo que deriva del estudio concienzudo de un alto cargo. Descubrió que sumando las líneas fronterizas de todo el planeta, ocupaban mayor extensión que muchos países y hubo que nombrar Embajador sin más remedio.
            Hay que tenerle mucho respeto a este encargo de funambulista, pues un pequeño traspiés lo convertiría en transfronterizo y eso no es del gusto de nadie y lo podrían acusar de intrusismo o injerencia ilegítima. Él se asusta mucho, pero no le deteriora el aspecto de holganza aristocrática que tienen los embajadores, dicho sea con la mejor de las intenciones.
            El caso es que es nuestra costumbre ponernos a dar tragos mientras contemplamos, como si fuéramos afrancesados, el “rosaclear”. Al fin y al cabo el Rey es francés, aunque no ´”guturalice” mucho. Lo compensamos con verborrea hispánica y eso nos tranquiliza. Al igual que la coloración, que va de la hora azul a la dorada, la conversación, como las tertulias del siglo XX, no hay por dónde cogerle el rabo. No obstante, hablamos de la nacionalidad de los españoles.
            Yo estoy convencido, dice, de que todos los españoles tienen una nacionalidad más allá de las fronteras; lo que me cuesta mucho soportar dada mi jurisdicción. Un español es un ruso en invierno y un cubano en verano, es un italiano en la verdulería y un holandés en el pub. Más aún: un español es alemán a las nueve de la mañana y argentino a las siete de la tarde. Es triste, mi querido amigo, no pillarlo en el momento exacto de españolismo. Deben ser pocos esos instantes. Apura el trago, mientras se cuida de no caer hacia ninguno de los dos lados de la línea fronteriza.
            Y cuando, por algún azar, -prosigue- se aquieta en su nacionalidad, es un ser notable de cualidades fantásticas. Para empezar en él se dan tanto los “ya te lo dije yo” de cualquieras madres, como el “ya te lo estuve diciendo en navidad” de cualquier cuñado. Padecen todos la maldición de Casandra. A Casandra los dioses le concedieron el don de la adivinación y, a cambio, nadie le creería.
 Se le identifica con rapidez no por su particularismo, al decir de Ortega, sino por su circuntancialismo, que no lo diría Ortega. Y es que, entrenado como estaba Ortega en estrujar ideas, ésta se le pasó. El “circunstancialismo”, amigo mío, -aquí volvió a llenar la copa de nuevo- es una verdadera invención política de los españoles. No ha cuajado porque no hay españoles, como podrás entender, pero es el futuro. Cada persona explica y defiende sus circunstancias a un “ente rector” del Estado y, éste, analizadas y estudiadas, dicta una Constitución, unas Leyes y unos Reglamentos particulares para cada “circunstancialista”. Luego, claro está, hecha estas leyes, habrá que personalizar las trampas.

              

               

                  

             

jueves, 20 de junio de 2019

"Aware"

           
Acabo de terminar la lectura de la novela “Aware”. Una novedad literaria de manos de Juan Gaitán, periodista, poeta, narrador, crítico literario y profesor de escritura creativa. Es una novedad literaria por haber visto la luz hace muy pocos días. La primera edición es de mayo de 2019. También es una novedad literaria porque es un autor que desconocía.
            Mis hábitos de lectura suelen seleccionar obras consagradas o autores de larga trayectoria literaria. Muy pocas veces me dejo llevar por la “rabiosa actualidad” de multitud de obras que, mes a mes, se arremolinan en potentes tornados de marketing y expositores y que, además, incorporan riadas de lo que yo vengo a llamar “buenrollismo literario”. Esto último es un modelo de crítica almibarada de última generación que consiste en arropar con elogios desmedidos cualquier cosa. Lo cierto es que, cuando nos asomamos a las redes sociales, puede uno percatarse de que hay mucha gente que escribe bien, pero eso es una cosa y otra cosa es, o debería ser, escribir bien para publicar. La época, digámoslo suavemente, ha instalado una enorme confusión entre estos dos niveles de “escribir bien”.  De ahí proviene mi recelo por lo nuevo y de saber que lo bueno es, desde hace mucho tiempo, ya inabarcable.
            La sorpresa es “aware” de Juan Gaitán. Si me he atrevido a ella, siendo como es, una “rabiosa actualidad” es porque no es “rabiosa actualidad”, sino “sublime actualidad”. Algo que aparece detrás de una estela de indicios, que si no se saben mirar pasan desapercibidos. Ellos, los indicios, unas veces a modo de poemas de los lunes y otras veces a modo de columna periodística, bien leídos, exceden la condición indiciaria y se tornan estímulos. A eso sí le pongo oídos. A la fanfarria, ni caso.
            No ha de temerse que descubra, ante los potenciales lectores, la novela “Aware”. En su lugar, ya me descubro yo, que me estoy quitando el sombrero. La primera emoción que conquista mi admiración es la relación del autor con el lenguaje. Pareciera una novela escrita a distancia de sus propias palabras. De un lado lo que se dice y de otro lo que se va diciendo. Los silencios y las elusiones le van arañando terruño a las mismas expresiones y, a veces, tengo la sensación de que dice cosas con el propósito de acallar otras. Y, estas otras, son precisamente las que se quedan dichas. El autor es un “prestidinarrador” de serpientes y yo, con mis ojillos de víbora, me tengo que poner de pie a su paso. Hay grandes párrafos que salvan obras completas; pero en “Aware”, la obra se salva párrafo a párrafo y, de tanto salvarse, acaba salvándote.
            Las doscientas quince páginas de “Aware” encierran sin descanso una sólida reivindicación de las letras. Junto a esta reivindicación, también el texto rezuma tristezas y soledades que padece la literatura a manos de distintas modas y distintos modos mercantiles. La literatura de “Aware”, acaso “caballo de Troya”, una vez abierta, nos deja paladear poesía, ensayo, relato y columna periodística, crónica, costumbrismo o realismo mágico. La amalgama de recursos exhibidos ejerce su magisterio líquidamente; es decir, en una suerte de “sfumato” estructural que desdibuja las fronteras entre un género y otro. Y eso lo hace el autor en la clave de una sola vibración que acompaña la novela al completo.  
            A Málaga la deja “universal”, con sus luces y con sus sombras, “…colgada del imponente monte, apenas detenida…”, pero trascendida, traspasada del chauvinismo hacia lo trascendente y apuntalada sobre el pedestal que sus enormes escritores fabricaron para ella. Hay un magistral salpicado de referencias malagueñas desposeídas de cualquier aldeísmo insulso. La ciudad va por dentro de la obra como un subconsciente en el ánimo de un artista y, más que como un sombra, –valga el localismo- mancha como una nube; insinuante y leve.
            Confieso que “Aware” ha vencido mis resistencias. Las primeras páginas, la vanguardia de la obra, venía provista de las armas de choque. Mis rémoras insistían en el consejo de que esperara a la retaguardia; “al principio todas las escobas barren”, me decían. No hay pérdida de ritmo en los latidos de toda la obra. Si acaso, el punto y final no es un paro cardiaco; sino la nota de entonación de la música que queda instalada en las almas de sus lectores. Esta es una obra de verdad de un escritor de verdad.  

           

           

               

martes, 11 de junio de 2019

Flamencos en Hacienda


           
En muy pocas décadas se ha pasado de un turismo reservado a las élites a otro de carácter más popular. En poco tiempo, además, bajo el paraguas del mismo concepto, se han adoptado nuevos modos de hacerlo. Hablo, naturalmente, de sociedades desarrolladas. Hacer turismo es una actividad cada día más común y, al mismo tiempo, con más posibilidades. Hoy se puede hacer turismo dentro de tu propia ciudad y apuntarse a alguna actividad lúdica cada fin de semana. No es indispensable tener vacaciones o, ni siquiera, contar con un fin de semana. Basta poner mirada de turista para acercarse a las cosas cotidianas. En buena medida, el placer que nos proporciona viajar viene de esa actitud turística y no tanto de las novedades que tal o cual destino nos proporciona.
            Hoy, como he tenido libre toda la mañana, me he propuesto hacer turismo en la Delegación de Hacienda. Para la ocasión, chanclas y riñonera. El dinero lo he distribuido entre varios bolsillos, se puede imaginar uno por qué. Por entrar no cobran entrada porque se supone que ya la tienes pagada de oficio y porque Hacienda somos todos; aunque unos más todos que otros. Hay que decir que está en estos momentos en plena campaña de la Renta; época análoga a la de anillamiento de flamencos en las lagunas de Fuente Piedra o de berrea en Cazorla, valgan los ejemplos. Sorprende, nada más entrar, la gran cantidad de “stand” a los que puedes acudir. Esto es la “feria de las imposiciones”, diríamos. Grandes masas de flamencos zancajean por los contornos y, de uno en uno, beben algo en los mostradores de donde salen anillados y es cuando empiezan a berrear.
            Está haciendo una mañana estupenda (“haciendo” es el marido de “hacienda”, que hubiera dicho cualquier niño jugando con las palabras. Véase que la mujer de “haciendo” hace más que el marido, aunque barra para adentro). Están muy organizados en todos los sentidos. Para que el turista de ocasión no visite la Delegación en día corriente, siempre hay eventos concretos fechados para cualquier día del año y están expuestos al público en un “Calendario General del Contribuyente”. Es muy curioso, a juicio de este turista. Las fechas no marcan el día concreto en el que ha lugar el evento, sino el final de los periodos en los que tienen lugar los acontecimientos. Anoto unos cuantos porque suenan divertidísimos. Por ejemplo: el 31 de mayo finaliza el plazo para la “declaración anual de cuentas financieras de determinadas personas estadounidenses”.  Ojo: “determinadas” personas, ahí es nada el suspense que suscita esa actividad, no lo nieguen. ¿Quiénes serán esos “determinados”? Otro ejemplo: el 1 de abril termina el periodo para presentar la “declaración informativa sobre clientes perceptores de beneficios distribuidos por instituciones de inversión colectiva españolas, así como de aquellos por cuenta de los cuales la entidad comercializadora haya efectuado reembolsos o transmisiones de acciones o participaciones”. Creo que ese día, seguramente, habrá un concurso de análisis sintáctico. No me lo pierdo.
            Tengo que admitir que el turismo por Hacienda es fantástico y puede serlo aún más si uno se involucra en todas las actividades que tienen programadas. De momento, voy a hacer un pequeño alto en el camino y a tomarme la consabida cerveza de turista en parque temático. Le pregunto a un funcionario por los bares. ¿No ha visto usted que los “bares” le presionan por todas partes? Tiene razón.

              

martes, 4 de junio de 2019

Cumpleaños


           
Cumplir años es una vulgaridad tan ordinaria como cualquier función orgánica indispensable para continuar vivo. Incluso, si se me apura, el mismo hecho de estar vivo es una vulgaridad. Es transitoria, eso sí, pero vulgaridad al fin y al cabo. Es decir; es una impertinencia de menor cuantía si la comparas con la vulgaridad de no estar vivo. Porque esa es otra; la ordinariez de la muerte no impide la ordinariez del temor que nos suscita, cuando a mi entender lo verdaderamente inquietante puede ser un verso a destiempo. No digamos ya una indiferencia inesperada o una promesa vacía; esas sí son marcas en el agua de extraordinario valor inquietante. No solemos anotarlas ni aún en los días de balance. Eso no es nada grave si se cae en la cuenta de que debemos recordar siempre que las peores cosas han de olvidarse, unas veces por activa y otras por pasiva.
            Cumplir años no tiene mérito alguno frente al mérito de cumplir con lo prometido o cumplir un sueño inalcanzable o, más aún, cumplir con la extraordinaria tarea que nos exige el sentido común de incumplir de vez en cuando, como corresponde a un mínimo de condición humana. El tiempo no nos hace y, por eso, no es causa de existencia, sino consecuencia de ella y, de cada cual depende teñir el tiempo que instaure de un solo color o de muchos. Por eso, cuando llega el día de un cumpleaños, lo que sí felicito es saberme uno de los colores de su tiempo; pero eso ocurre sin fecha, sin tiempo y sin vulgaridad. A veces, lo celebro siempre.    

miércoles, 22 de mayo de 2019

Fallece Eduardo Punsét

           
Acaba de fallecer Eduardo Punsét, con el mismo sigilo que pronunciaba sus divulgaciones. Hemos de dar por seguro que su rizada cabeza de querubín le proporcionará el pasaporte adecuado para sentarse al lado de los justos, ya que no es tiempo de que sea para un cuadro de Leonardo Da Vinci. Se caerán bien y D. Eduardo nos esperará con toda la ciencia aprendida para contarla.
            Su viaje por la política me hizo conocerlo en 1994 cuando presidía la fundación “FORO” a la que pertenecí. Con esa fundación me presenté como candidato a las elecciones al Parlamento Andaluz, en coalición con otra fuerza política. De su figura sólo emanaba el objetivo del estudio y el conocimiento, objetivos principales de la fundación. Estuvo destinado a transmitir entusiasmo por la cultura y por enseñar que la realidad es una tupida red de hilos entrelazados todos con todos. No por otra cosa su programa –relegado a la madrugada- se llamaba “Redes”.
            Con él aprendimos que “el alma está en el cerebro” y “el viaje al amor”, por ejemplo. Aprendí con él que, frente al imperativo de la vulgaridad de las muchedumbres y de la mediocridad de los tiempos, cualquier persona tiene una misión que cumplir frente a tanto lodazal. Que más vale ponerse manos a la obra que adocenarse y quejarse por la densidad de los hechos. Aprendí que la ardua tarea de cumplir con la misión no puede torcer la curva que dibuja una sonrisa. Enseñaste tantas cosas, Eduardo, que temo falte tiempo para aprenderlas todas.
            Pocas veces, muy pocas veces, la ciencia y la política pierden a la vez una guía por un fallecimiento. También pierdo un Maestro o quizás no. D.E.P. 

miércoles, 20 de marzo de 2019

A USTED SE LE NOTA QUE NO LO HAN MATADO NUNCA.

A usted se le nota que no lo han matado nunca, -me dijo de repente poniendo una voz que me sonó a disparo retroactivo-. No lo tengas tan claro, -le dije-, me gusta teatralizar y vivo intermitentemente en pose de ficción o de realidad. Pues no te han matado nunca ni en ficción ni en realidad –insistió con el aplomo del que sabe lo que dice- y se te ve a leguas. Cualquiera que se cruce contigo se dirá: “a éste no lo han matado jamás” y continuará su camino convencido. Contrariado pensé en la intromisión que supone tal convicción en la intimidad ajena y me limité a preguntarle en qué basa tal disparate. Es obvio por tu modo de escribir novelas y por cómo pronuncias la palabra “aguacero” con ese acento tan vuestro de los vivos perpetuos. Mira, no, por ahí no paso –comencé a contradecirle- me han matado tantas veces como veces me han vivido. Narraría en este momento varios episodios que recuerdo bien y otros tanto que he olvidado si me ofrecieras confianza y no te hubiera perdido el respeto. Resulta que tengo por costumbre no hablar con personas extrañas y, mucho menos, andar respondiendo a muertes que me endosan o me quitan sin un mínimo de vergüenza. Si quiere usted puedo disimular –me dijo con más severidad si cabe- y afirmar que no hay quién le entienda. También puedo decir que no hace falta que se explique más, de sobra es conocida mi circunstancia sometida, pero no me conformo con la condición de extraño. Si alguien me conoce es usted. Puede que no tengas nada de razón –comencé a pensar en voz alta- y es inquietante admitirlo. Para mí es una sorpresa que me hables, cuando en verdad no hago otra cosa que escucharte.
Le hablo desde el mismo instante de mi concepción, bien lo sabe usted. Tiene que acordarse de ese principio porque lo normal no es eso. Lo que es costumbre o, mejor dicho, ley natural, es venir al mundo primero y tras un tiempo más o menos breve comenzar a hablar. Usted sabe que nacer y hablar fue todo una sola cosa. Fue usted el responsable único de tal tropelía. Y si no fuera porque de un modo misterioso y por un súbito cambio de criterio me salvó de aquel terrible aguacero, cuando en realidad nadie me había visto, nadie me había oído y nadie sabía de mí, no le haría ni caso, entre otras cosas porque el que no es nadie, poco caso puede hacer. Después me coloca usted en la impúdica tarea de narrar sus andanzas ¡y me lo hace a mí!, que no soy dueño de saber hasta cuándo y cómo he de vivir. Llevo muchas muertes, compréndame. No hay decencia en encomendar a un personaje la obra de escribir, a su manera, una novela sobre su propio autor e, injustamente, pasear su omnipotencia en cada cuerda floja que es un renglón. Yo le mato y ahí se queda.         

lunes, 21 de enero de 2019

EL RÍO Y YO.


           
Imagino el desahogo infinito de las aguas de un río al verter su caudal en el océano. No porque su esencia sea líquida o moldeable a los avatares de su recorrido, el camino es menos intenso. Si su cuerpo posee la elasticidad y la facultad de adaptarse no es en menoscabo de los accidentes del terreno, que bien permanecen inalterables, sino en perjuicio de sí, pues, de otra forma, hubiera embarrancado sobre el primer promontorio y, sin embargo, esa facultad de disimulo de su cuerpo líquido, le obliga de continuo a proseguir se interponga lo que se interponga.
            No puede hacer más que seguir su natural destino, sin ninguna libre voluntad por imponer. Lucir el brillo cuando un alto sol se desparrame, o ennegrecer sus escamas al caer la oscuridad, revolver la cadera en el codo angosto del montículo, o descansar en la ensoñación de un lago manso. Mas si de tal suerte de fatalidad está templado, aún es peor saber lo que vendrá. El surco de su viaje está marcado y cada golpe reclama su atención anticipada. Es el precio por desembocar limpio.
            Este chocar, arrastrar, salpicar o caer desde el lecho plácido y previsible por un salto encrespado, o reventar su textura en un millar de partículas contra una roca, por más que hermosee el paisaje y sea estímulo de arrullos y paraísos, supone la momentánea herida que ha de sanar después al retomar el apacible cauce. Pero en lo más íntimo del agua, la memoria guarda el troquel de cada trauma y, aunque lánguida y extendida señoree en los remansos del camino una suave lentitud de paz o un leve gorjeo de juvenil desenfado, en los espejos de sus entrañas se ven las cicatrices.
            El fluir de la corriente no compone oratoria alguna, ni se desvela por su boca la salvaje trayectoria que va mojando. Su discurso está en los ojos de quién lo observa, y, a fuerza de mirarse, está mirando.