Sin embargo el panorama de gran parte de nuestro país sobrecoge por un denodado afán de simplicidad y pereza intelectual. Se ha dejado reposar en la costumbre una brillante aceptación de la prisa como una victoria contra el tiempo. Las masas no quieren perder el tiempo en el viaje para poder perderlo en el destino. Vacía queda la importancia intrahumana de la lentitud, la importancia de los efectos no pretendidos del progreso, sus costes. La modernidad no pasa por detenerse en estas cábalas, ni mucho menos. Pasa por juguetear con las tripas del juguete sin saber bien dónde van las piezas que acaba de desmontar. Una muchedumbre de espectadores asiste entretenida a la actuación, sin querer darse cuenta de que los comunicadores están formados para fabricar distracción, pero no saben nada del juguete. La civilización apadrina los avances tecnológicos a ciegas, a pesar de las advertencias de los sabios. Duele mucho, y a la par asusta, la facilidad con la que un comentarista concluye a partir de una raquítica contradicción. En general, se lapida a quien ose manifestar que esto o aquello no lo sabe con certeza. Nunca la duda ha padecido de tanto descrédito, ni la prudencia de tanta repudia. Todo ello en un mundo en que, si sobra algo, son respuestas.
Las complejas estructuras sociales, donde se insertan las concretas mentalidades de sus miembros, se nutren y viven como cuerpos biológicos a partir de las conductas repetidas que han sido enseñadas con aviesas intenciones crematísticas. La demanda de celeridad había que crearla para que constituyera fundamento de la oferta y, para ese menester, era indispensable cambiar la prioridad y situar la eficiencia en la rapidez antes que en la seguridad. Ahora todo viajero exige una indemnización cuando el retraso es mayor de quince minutos, aunque para solicitarla tenga que perder dos horas; ese es un buen síntoma de la estupidez humana.
Mientras el dolor por las pérdidas humanas reclama un silencio absoluto cargado de preguntas y una reflexión sobre el sentido último de nuestras vidas como grupo humano, un clamoroso ruido groseramente engordado de frivolidad aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid para hacer caja con la cuota de pantalla, cuando no para darse una pátina de sagacidad que alimente los pobres egos heridos. Hallamos, pues, la tristeza en el páramo, como así la angustia de los extraviados y los abandonados. No resulta creíble ningún consuelo que provenga de un rail quebrado, no nos alivia el disparo populista contra esta o aquella persona, nada nos alumbra la sospecha de los imbéciles; parece que se hubieran propuesto hacer que el dolor viviera más penumbra todavía. Como puntas de lanza, los que vienen haciendo el trabajo de campo, los maquinistas, lo saben con la sabiduría de los apegados a la tierra, la sabia convicción de que el tiempo necesita custodios en lugar de domadores de circo. No hablo ahora de la fatalidad de la técnica ni su demoniaca servidumbre a las leyes de la física, sino del sexto sentido que aúna los otros cinco en uno solo. Los signos de los tiempos deben apearse en la próxima estación, dar por amortizada la aventura de este viaje y, si de verdad quieren seguir una pista, busquen en los gálibos donde se cruzan los que van con los que vienen de vuelta; ahí está la clave y, tal vez, el origen de tanta desgracia.






