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miércoles, 14 de enero de 2026

NIÑEZ ADULTA.

 

Salir de la espesura, quizás hacia los claros del bosque. ¿Pero qué hay en los claros? La caverna de Platón no está tomada por un medio oscuro, no cabe inferir la ausencia total de luz. Las sombras proyectadas sobre las paredes delatan la presencia luminosa. La sombra no es más que la representación ennegrecida de un haz de luz entorpecido, un haz de luz que tropieza. Sin luz no hay sombra. ¿Es comprensible el anhelo de abandonar la caverna? Lo más probable es que el deseo de ir a la luz provenga de un estímulo interior, de una preconcepción de las bondades de la claridad, es decir; de una intuición de esperanza, de una dicha promisoria. Una dicha desconocida y presentida, un horizonte en el que vislumbramos nuestra imagen prometida, dentro de la cual sucede la vida en plenitud. 

He escuchado a decenas de ingenuos adolescentes (adolescentes en el sentido humanos en fase de crecimiento espiritual), aventurar un porvenir idealizado al término de sus edades. Adolescentes, cuyos resortes racionales carecen aún de las injerencias de vida que informan y forman decididamente el raciocinio. Por esas lagunas existenciales engendran sus propias ideas románticas de futuro y establecen dentro de sí los mundos soñados en los que no se dan las dificultades cotidianas, que son invariablemente las más numerosas. Pero es un verse en el futuro conformado de una naturaleza preexistente, como si la idea a perseguir consistiera en una recuperación. Sus ilusos devenires caminan, haciendo con ese caminar la misma vida. Cierto es que se van sucediendo dinámicas perspectivas y atrás van quedando las visiones borrosas de su aquel presente, a la par de aquellas otras visones de futuro tamizadas tras el velo de Maya. La andadura tiene de “sino” el despeje de la neblina, cuyas capas se hacen un poco más transparentes a medida que se avanza. Ignora el adolescente que en medio del claro del bosque la misma espesura le espera, aunque bastante mejor alumbrada. Entonces aparece la añoranza. ¿Añoranza de qué? Añoranza de los sueños. Los adultos, en el sentido de seres con abundancia de experiencia vital, añoran la ensoñación cuando recuerdan la confortabilidad de la penumbra o la velada idealidad de sus remotos anhelos. ¡Quién volviera a ser niño de nuevo! Este es el aullido de la lucidez. Un aullido en cierto sentido amargo y en cierto sentido melancólico. Entre la amargura y la melancolía la diferencia radica en el suave goce de esta última. La añoranza es así un deseo de ingenuidad, un sencillo juego de recuperación de las cosas tal y como fueron entonces, con toda la brillantez presumida de aquellos claros del bosque. Cuánto más luminosa y nítida es la nueva caverna, más nos sentimos seducidos por la lejana niebla que quisimos despejar. Tal vez las cosas valgan la medida que adquieren en la imaginación y en el mito. Es en mitad del claro donde emergen dos clases de voluntad. Una voluntad del intelecto y otra voluntad del alma. La primera se afana en pensar y, recogiendo los corpóreos conceptos de la realidad, decide buscar a plena luz su luminosa verdad. La voluntad del alma se afana en buscar la vida misma, cuyo horizonte va más allá de los límites de la luz. Buscar más allá de los claros del bosque, nos devuelve a la nebulosa, nos retorna a la feliz ingenuidad de los niños, recobrando el impulso primario de creer que detrás de la bruma hay que seguir buscando claros, entre los que fluye el olvido que Luís Cernuda denomina “tiempo anterior a la conciencia de su transcurrir”. Porque más allá o más acá de las fronteras de la luz nuestras sospechas desatan la decisión de seguir sospechando cada vez con mayores certezas y sin abandonar nunca la conjetura original que yo llamo “niñez adulta”.