sábado, 22 de abril de 2017

CUTRE CIENCIA A LA ESPAÑOLA.


Por causa de un fortísimo golpe de mar he aprendido de César Vallejo a decir justamente lo contrario de lo que dijo, y hoy vengo a hablar de la desesperanza. Desalentado, tras acercarme tímidamente al mundo de la investigación científica universitaria, es imposible no proclamar que la incompetencia, en este país, se aliña en el caldo de las probetas. Y no podemos esperar ya, que como Neruda, algún investigador encuentre la luna bajo la piel humana. No porque no haya poetas de la ciencia, sino porque se ha fabricado una impenetrable urdimbre de talibanismo burocrático que machaca “golpe a golpe” a nuestros científicos, a la vez que le niegan el “verso a verso”.
Tres eran tres las hijas de Elena, tres eran tres y ninguna era buena; una, la promoción endogámica del profesorado frente a la excelencia; dos, la terrible burocracia de gestión de fondos y proyectos, y tres, la carencia absoluta de incentivos a los investigadores en función de sus méritos.
            Quiero pasar de puntillas ante el deficiente presupuesto que la investigación obtiene hoy de las arcas públicas porque, tal vez, haya una razón gigantesca que la amerite. Y es que, como alguien decía, “si les diesen los equipos y los medios adecuados, podrían demostrar su total incompetencia”. De modo que es mejor para muchos poseer una excusa salvífica que quedar al descubierto. De esta trampa, los más conmovidos son los soldados del ejército que, atónitos, contemplan a los capitanes entretenidos en batallas que se saben perdidas e inútiles y que, en ningún caso, remueven ninguna capitanía donde, apaciblemente, dormitan bajo el reflejo apagado de sus medallas oxidadas. Los capitanes, víctimas también, han sido abatidos con los mortíferos obuses de la costumbre y la rutina. Los capitanes no saben; los generales, menos todavía.
            Entre dos científicos igualmente competentes; uno que haya leído a Rilke y otro que no, debemos quedarnos con el primero. Concibo la excelencia, también para los investigadores, apoyada en una educación que no sólo consista en transmitir información, también debe instruir en el asombro ante el mundo y la vida, y enseñar a pensar, a sentir y a ser. Todo lo contrario sucede en la carne de nuestros investigadores, adoctrinados para mirar la vida por el ojo de una cerradura, por cuya ardua tarea, obtienen una paulatina mutilación de los órganos del romanticismo y un brillante certificado post-humanista que hace las delicias de una pobre cadena de montajes.
            Una vez arrancadas las alas, lijado el pico, recortadas las uñas, encerrados en su jaula, habituados a pan y agua, deslucido el canto y hechos a la obediencia ciega, ya están sobradamente preparados para rellenar formularios ministeriales donde informen puntualmente de su fecunda impotencia, y a eso le llaman “ciencia” o “tesis” o vaya usted a saber qué.