viernes, 6 de marzo de 2026

MI DIARIO (apunte)


Cuando, llevado por alguna circunstancia, recuerdo algún acontecer hermoso de mi infancia o de mi juventud, este se presenta como objeto independiente, como cuerpo cerrado de alguna manera. Es decir, lo considero aislado dentro de un tiempo encapsulado. Esas evocaciones -ahora las comprendo un poco- hacen las veces de pequeñas dosis de la vida pretérita separadas de su entorno, mostrándose como relucientes piedras preciosas sin engarzar. Sin embargo, he de admitir que un día exultante, una dicha del espíritu o de la carne, en nada es una accidental vivencia sin la menor conexión con el otro mundo que, digamos, se vive a diario. Me he asombrado entendiéndolo. 


El grueso de nuestro tiempo, de nuestro cotidiano y rutinario modo de estar en el mundo, nuestras horas puntuales de comida o sueño, de aseo o trabajo, de estudio o de recreo preparan, si no es que crean acaso el curso de los acontecimientos que, en algún momento, desembocarán en la inevitable eclosión de los instantes memorables. No obstante, por mor de un extraño proceso psicológico, evitamos asociarlo con algún antecedente. Por eso, una vez que he reflexionado y reconocido que toda costumbre o toda rutina no es algo distinto de una preparación sucesiva para la floración, el aburrimiento connatural de los actos cotidianos se convierte en algo muy distinto. Confieso que me da cierta tristeza haber tardado tanto en haberlo aprendido. Visto así, los días corrientes son sencillamente esperanzadores. Observo, por ejemplo, que la intensidad del placer que experimento al descansar tras una dura jornada me permite el hallazgo subliminal de una felicidad dentro de otra, como las matrioskas rusas. En cambio, en un encadenado de ocios correlativos, en lugar de que el descanso tome forma de obsequio, toma forma de cargo. 


De vez en cuando retomo o me retoma la memoria de mis días felices en un pueblo costero. Ninguno de aquellos infantiles juegos o divertimentos inocentes y serios pueden explicarse como ocupaciones inauditas, insólitas u originales. Me bastaba montar una bicicleta prestada para ir hasta la punta de la bahía, volver al punto de partida y empezar de nuevo, con un pedaleo frenético al ir y otro melancólico al volver. Eso sí, desprendido del sentido del tiempo que se alargaba como la luz en las tardes de verano. O subir las ramblas hasta uno de los puentes más distantes y, desde allí, soltar dentro del cauce un barquito de papel al que acompañaba correteando hasta la desembocadura. Revivo haber sentido como una conquista implacable el haber transgredido el horario impuesto por mis padres, quienes en esos días renunciaban a la severidad habitual. Hechos intrascendentes que percibía como el designio imparable de mi fortuna. ¡Ahora sé cuánto me había preparado para esos instantes en eclosión! 


Todo: las clases regulares de lunes a viernes impartidas por barítonos devotos de la tabla de multiplicar, el desgastado uniforme del año pasado, la cansada avenida que recorría cuatro veces al día, la figura alargada de la panadera que parecía una obra del Greco, la parsimonia con que daba las campanadas el reloj de pared -siempre tocaba a muerto-, la penumbra en las tardes de invierno y el sofoco en las tardes de verano o la tediosa dispersión de mi ánimo, todo, absolutamente todo, formaba parte de una tabla de ejercicios preparatorios para el día o los días dichosos. 


Puesto que el capricho de la memoria se nos presenta en fragmentos inconexos, la mayor parte de la vida transcurre ajena a esa profundidad de lazos. Lo más seguro es que, así lo creo, de haber procurado un contagio de esperanza a las rutinas ordinarias, el fluir lento o neurótico de mi vida corriente se hubiera preñado de entusiasmo. Tal vez, este iluminismo de la dicha irradiando los tiempos vacíos, me hubiera advertido de la idea de felicidad que incluye tanto los días alegres como los días tristes. Repaso ahora con profundidad aquellos instantes repletos de sensaciones de puro alborozo y les doy perspectiva y fondo. Así como en una pintura, el motivo principal queda subrayado gracias al esplendor del trasfondo pictórico, resaltándolo, perfilándolo y respetándolo, sin cuyo auxilio la obra queda empobrecida, mis días luminosos embellecen por contraste con mis días de penumbra. 


Tuve la suerte de conocer muchos días de apacible adversidad o tribulaciones sosegadas que encerraban la virtud de impulsar la intensidad de mis gozos, puesto que he entendido que los gozos se nutren de intensidades antes que de repeticiones. Da la impresión de que una mecánica indetectable se encarga de proporcionar a cada cual una cantidad equivalente de felicidad. A unos se les concentra en unos pocos días y a otros se les distribuye a lo largo de toda la vida. Hoy lo que recuerdo es que recordé distinto siempre, que los hechos que tuvieron importancia por su dulce fulgor no los enraizaba en el curso plano de los días sin accidentes, esos días de honda experiencia existencial que identificamos con el hastío y con el aburrimiento. Un poco es ir haciendo balance sin esperar al último día en el que, a la fuerza, todo cuadra. 


 

martes, 3 de marzo de 2026

LA GUERRA Y YO.

 

Por ahora, nada cambia el hecho de que, como persona bien informada, no tenga ni idea de lo que digo. La información y la verdad llevan un tiempo de apacible divorcio. Será porque equivocamos el nombre de las cosas. Decimos que vuelve la vileza de un nuevo bombardeo, cuando no es nuevo ni vuelve lo que nunca se ha ido. No hay paz, sino una apariencia instantánea de paz que ocupa el espacio de un anuncio publicitario en medio de una programación. Se puede decir que la paz en el presente ha de incluir una esperanza de paz en el futuro para que lo sea. La realidad es bien otra: lo último que se pierde es la desesperanza. No es una nueva guerra, es un nuevo foco. Los muchos otros desmanes bélicos no han cesado, sino que han entrado en su fase más cruel; la fase de oscuridad informativa.

El punto de partida es que la guerra es un mal porque es un mal quitarle la vida a alguien. Pero, siendo un punto de partida, no debemos dejar de reclamar que también es un punto de llegada. Axioma que se discute con menos pudor cada vez. Europa apela al respeto del derecho internacional y, sin embargo, en el corazón de las grandes potencias el derecho internacional son los músculos armamentísticos. Las razones tienen la sintaxis de un racimo de misiles. Luis XIV de Francia mandó grabar en sus cañones la expresión “ultima ratio regum”, “la última razón del rey”. En esta época, en la que gobiernan los reyes del mambo, han hecho borrar la palabra “última”. Para eso le sirven las bombas, para tener razón, por lo que desplazan en la esfera internacional el equilibrio argumentativo hacia el equilibrio coactivo.

No parece una crisis, sino una decadencia que posibilita la implantación de la sociedad desargumentada. Y una sociedad sin argumentos es una sociedad aburrida. Tolstói nos legó una de las claves: “en tiempos de paz, cuando la vida sigue su curso normal regulado por las estaciones del año, las cosechas, las lluvias, los bailes, los amoríos, el envejecimiento y la paulatina desaparición de la generación de los mayores, sus protagonistas empiezan inconscientemente a anhelar una guerra”. Una cita que lleva el germen explicatorio sobre el resurgimiento de la violencia machista, sobre el crecimiento del fascismo, sobre el aumento de la agresividad verbal, desencadenado por una innata necesidad de cubrir el vacío que ha dejado la ausencia de un argumento humanista en la consciencia humana. La guerra es simplemente un juguete más en manos de un niño malcriado.

Nos importa un pimiento que los muertos sean culpables o inocentes porque a los muertos no se les debe añadir atributos: son muertos. Las guerras plantean la confusión diabólica entre inocentes y culpables en tanto que los culpables de los flujos económicos que determinan el mapa geopolítico somos en mucha medida los inocentes confesos. Inocentes que no estamos dispuestos a prescindir de un aparato de aire acondicionado, inocentes que llenamos la cama de almohadas cuando tenemos una sola cabeza, inocentes que nos desplazamos en portentosos automóviles al gimnasio para subirnos en la máquina de caminar, inocentes con diez pantallas por casa. La bomba, aunque nos pese, no se lanza con un único objetivo sanguíneo de acabar con el enemigo, sino, además, con un ánimo mezquino por invisible. Se lanza porque ni usted ni yo aceptamos ni un solo electrodoméstico menos en nuestra casa de la ciudad, bien situada en un barrio residencial de postín, con piscina y pista de pádel, y pedimos la caída del gobierno en cuanto sube unos céntimos la docena de huevos.

Creemos que hacemos los pagos debidos con la moneda en curso que nos sobra después de hacer frente a los gastos necesarios, pero con lo que en verdad pagamos las banalidades es con fragmentos de ética universal hechos papel moneda. Pocos son los que asoman la cabeza por encima de los muros de la patria mía, por eso los agravios tienen cariz egocéntrico o nacionalista y se sale ganando o perdiendo en comparación con los vecinos más próximos. Tal vez la idea de aldea global carece de militancia en el primer mundo, salvando la de los pretores del capitalismo financiero. Sin embargo, basta desayunarnos una taza de reflexión severa para notar en el regusto amargo de sus posos que la moneda única es el planeta con un valor limitado y cada mordisco vicioso pone una porción del bocado fuera de su sitio natural en una boca saciada de antemano.

Por eso la guerra, la maldita guerra, es una bola de fuego colocada en una catapulta que los acomodados vamos tensando con actos indolentes y exigentes. Kafka lo expresó magistralmente: “En la lucha entre uno y el mundo, hay que estar de parte del mundo”. Un pensamiento que podemos sin duda interpretar como que “estar de parte del mundo” significa no dejarse guiar por los impulsos y caprichos de uno que sean ciegos, arbitrarios, efímeros, pueriles o frívolos. Algo hay entre nosotros que impregna el gesto colectivo del síndrome de “tricoteuses”, así llamadas unas mujeres que hacían ganchillo, destacadas en un público numeroso que durante la Revolución Francesa se congregaba bajo la guillotina, ávidas de sensaciones y que, de vez en cuando, tenían que apartar la mirada del espectáculo, para cerciorarse si no se les había escapado un punto.