Como
si para llegar a ser Cortázar no hubiera hecho falta comer mucho cronopio,
salen a espuertas desnutridos obvios, con un triste almuerzo bebido, pero
orgullosos de sus “Rayuelas”. Dejemos, por ahora, a los ritualistas del oficio,
escritores de guante blanco que se acercan al texto con reverencia sagrada y
espíritu sacerdotal y a los tocados por la mano divina. El resto, muy
satisfechos de haberse conocido, se tiran a la literatura como quien se tira a
un charco esperando profundidad, sin haber aprendido a nadar; sin casco y sin
botas de agua. No parece aceptable objetar lo más mínimo contra quienes optan
por aficionarse a la escritura antes que aficionarse a lo que echen por
televisión. Porque en televisión dejaron de emitir programas hace mucho, hoy los
echan como si echaran cerdos a las margaritas.
Los hay que aspiran a Neruda o a Stefan Zweig y, a
fuerza de ir la fuente al cántaro, acaba llenándolo. Por eso estos émulos
tampoco son intrusos en exceso. Gracias a que algún trago de elixir han
ingerido, es posible encontrarles alguna traza impregnada de sustancia. En
cambio, centrándonos en aquellos que atiborran los estantes de las librerías,
renovadas mes a mes por la suerte de los constantes vendavales del comercio
editorial, sólo cabría decir que lo que muestran en los expositores tiene mucho
más que ver con un diagnóstico de desnutrición que con la literatura. Es sabido
de la existencia de enfermedades o carencias fisiológicas que pasan
desapercibidas en el paciente. Las afectaciones del ego y los constipados de la
vanidad, mucho más. Hay vanidades que estornudan libros, lo menciono de
puntillas, naturalmente.
Para sacar a la palestra alguna de estas
patologías escondidas, nada mejor que un especialista que se emplee en el
chequeo. Tratándose del cuerpo mortal, si alguna prueba rutinaria advierte del
menor déficit sanguíneo, el sujeto, consciente de que el día de mañana puede
acarrearle un problema de mayor envergadura, se somete rápidamente a terapia.
Pero el cuerpo intelectual se mueve por otros derroteros y reniega de los
reconocimientos médicos, no sea que atenten contra su estima. Y, aunque no
renegara, tampoco se somete, porque escasean o vaguean en igual medida los
especialistas.
Hasta bien pasada la mitad del siglo XX, el
novelista, el dramaturgo, el poeta, esperaba con ansiedad y terror el
diagnóstico de la crítica, que siempre emitía su certificación. Con acierto o
sin él, bien con la punta del florete, si adopta el rol de espadachín, o de un
solo “criticonazo” en la nuca, podía aniquilar la obra de un plumazo. Téngase
en cuenta que el “criticonazo” en la nuca despliega su onda expansiva desde la
destrucción de la obra hasta la destrucción del obrador. En cambio, llevamos
décadas en las que reseñas, comentarios, críticas, valoraciones de las nuevas
obras no salen del almíbar y lo que cristaliza en los medios está dentro del
concepto publicitario a secas. El novel ha dejado el temor a la crítica al
mismo tiempo que en el crítico ha nacido el temor al novel. El neófito, de
“motu proprio” se siente cumbre, pero si acude a consulta, sale encumbrado. No
sería grave, digamos, si no ocupara injustamente el lugar que le corresponde a
otros; el lugar en nuestro íntimo y particular tiempo, quiero subrayar.
En medio de este panorama, sólo los vampiros saben
de la calidad de la sangre. Cuando ésta es débil en glóbulos rojos, la frase
entra rasposa y áspera, arañando el paladar y avisando jaqueca. Pero, por
merced de las nuevas décadas, cuando requieren al cuerpo de vampiros para
valorar la cata, nadie espera ni un desprecio ni una arcada, cosa que, en vez
de desacreditar la obra, desacreditaría al catador. Pese a la rapidez con que
un degustador detecta el néctar, el operativo del encuentro es muy lento porque
hay que dar con el sitial del portador. Han tenido que hacer de la exploración
y búsqueda el grueso de su actividad, cansados ya de ir a los bebederos
públicos o a las piletas dispuestas en las plazas para abrevadero de las
bestias. Abocados a repetir tragos de las grandes marcas que no defraudan, en la
espesura pierden tesoros tapados.
Un efecto secundario terrible se cierne sobre los
escritores de guante blanco, que a sabiendas de la abundancia del libro peleón,
renuncian a colocar el suyo en el pilón de los egos paginados. Y se niegan a
compartir la misma suerte que los necios en las estanterías de literatura
sucedánea. Sus obras, para empobrecimiento de todos, duermen el sueño de los
justos en un cajón de alguna cómoda. No obstante, en medio del desbarajuste
editorial que nos aqueja, un fenómeno de calado generacional nace. Es la figura
del lector, que emerge como el factor reputado en medio de la trama de
intervinientes en el mundo del libro. Hoy, ante un escritor tendemos a
guarecernos; ante un lector, a quitarnos el sombrero. Los primeros están en todas
partes, donde menos los esperas. Los segundos constituyen especie en extinción.
Pero, amigo, cuando das con uno, le ves los regueros de cronopios saliendo por
las orejas, dicho sea sin guantes y y con el agua de la pileta al cuello.

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