Mostrando entradas con la etiqueta horqueta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta horqueta. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de febrero de 2026

LA HORQUETA DE ZAHORÍ.

 

Todavía tengo memoria de la tarde en que pusieron en mis manos la vara de zahorí. No fue mi padre, quien tuvo ocupaciones de pocos trucos. No fue mi madre tampoco. Al fin y al cabo, eran épocas en la que los hijos heredaban el empleo de los padres. Más que heredarlos, lo continuaban por una suerte de inercia familiar que hacía de la profesión un elemento de cohesión y, a la vez, una cuestión económica. No fue mi caso. En mi círculo de conocidos próximos nadie se dedicaba a buscar agua; se ve que no había sedientos. Recibí en mis manos el artilugio sin saber su procedencia. Para la dedicación a ese menester no se precisan conocimientos especiales. Creo que las oficinas de empleo no ofrecen cursos, aunque debieran. El manejo de la horqueta es sencillo, llegando a ser divertido. Hay niños que lo tienen por juguete. Ojalá nos tomáramos tan seriamente la vida como se toman los niños los juegos.

Aquella tarde que hoy rememoro, de iniciación sobrevenida, experimenté una especie de trance, un sopor incorpóreo, como si la temperatura se cociera en algún escondido rincón de mis numerosas galerías internas. Por supuesto, sólo visitables mediante un ejercicio de reflexión inédito que fundaba una introspección involuntaria. Estaba, un día más, tratando de hacer mis tareas escolares, sentado frente a un modesto buró sobre el que se desordenaban libretas, papeles y libros de texto (no he llegado a topar jamás con ningún libro sin texto). Mi cometido inmediato era entregarme al esfuerzo de memorizar un tema, cuyo epígrafe se presentaba bajo el título de “ganadería estabulada”. Cursaba entonces uno de los primeros años de la educación básica y, por eso, supongo que el tema no daría más que para hacernos saber que, a partir de algún momento histórico, el ganado se atendía ya en el interior de establos y que eso daría lugar a un modo de economía nueva. Estoy seguro de que, también en aquel entonces, la mente atraería la imagen del ganado vacuno, y que nadie pensaría en los establos improvisados en cajas de zapatos donde se guardaban gusanos de seda. Seguimos sin deshacernos de los sesgos con naturalidad.

Ese tema cuelga en el haber de mis asignaturas pendientes. No lo estudié ni pude responder cuando me lo preguntaron al día siguiente. De haberlo estudiado, ahora no lo recordaría. Esta maña de la memoria habría que incluirla en los manuales de pedagogía: con su uso queda fijada la lección para siempre sacrificándola sólo un día. Los repetidores estudian dos veces lo que sólo estudian una vez los aplicados. A decir verdad, lo que yo deseaba era salir del establo, salir a campo abierto. Claro que, un día era salir del establo y otro salir de la Revolución francesa. Mis impulsos de huida fueron constantes y los venía sintiendo desde que empecé a comprender las cosas que debía memorizar. La comprensión, en cierto sentido, es enemiga de la memoria. En la comprensión hay un ejercicio racional de asociación de conceptos y en la memoria uno de repetición. No es que valide la memoria como la inteligencia de los tontos, pero comparada con el entendimiento resulta ser una gimnasia aburridísima.

No creo que me importara lo más mínimo, a esa edad púber de inquietudes zanquilargas, ocuparme en lo que se han ocupado los adolescentes de tantas generaciones; en dar barzones desangelados con tal de salir corriendo. Las huidas comienzan con un primer momento de desorientación que tiene claro de dónde salir, pero, hasta que se da con el sitio al que se quiere llegar, transcurre un tiempo. Y yo, que estaba la mayor parte del tiempo salido (del establo, se entiende), me di de bruces con el sitio, como una cabeza de ganado da con su querencia o un desertor con su exilio dorado.

Fue que, entre los muchos desórdenes, en algún soporte que no sé si era recorte de periódico, apunte de alguna libreta antigua o página expuesta azarosamente, una frase me deslumbró: “el poeta es un zahorí en busca del agua escondida”. Es bella y enigmática a partes iguales. Al igual que a un diletante que escucha por primera vez el “Réquiem” de Mozart se le aparece de pronto el mundo entero llorando, en un llanto que contiene y expresa el fondo hermoso de la tristeza, a mí, que venía del arrobo impreciso y vagante, me depositó tranquilamente la varita en las manos con la que busco el agua escondida para entregarme al acto de misericordia de dar de beber al sediento, si es que lo hay.