martes, 3 de marzo de 2026

LA GUERRA Y YO.

 

Por ahora, nada cambia el hecho de que, como persona bien informada, no tenga ni idea de lo que digo. La información y la verdad llevan un tiempo de apacible divorcio. Será porque equivocamos el nombre de las cosas. Decimos que vuelve la vileza de un nuevo bombardeo, cuando no es nuevo ni vuelve lo que nunca se ha ido. No hay paz, sino una apariencia instantánea de paz que ocupa el espacio de un anuncio publicitario en medio de una programación. Se puede decir que la paz en el presente ha de incluir una esperanza de paz en el futuro para que lo sea. La realidad es bien otra: lo último que se pierde es la desesperanza. No es una nueva guerra, es un nuevo foco. Los muchos otros desmanes bélicos no han cesado, sino que han entrado en su fase más cruel; la fase de oscuridad informativa.

El punto de partida es que la guerra es un mal porque es un mal quitarle la vida a alguien. Pero, siendo un punto de partida, no debemos dejar de reclamar que también es un punto de llegada. Axioma que se discute con menos pudor cada vez. Europa apela al respeto del derecho internacional y, sin embargo, en el corazón de las grandes potencias el derecho internacional son los músculos armamentísticos. Las razones tienen la sintaxis de un racimo de misiles. Luis XIV de Francia mandó grabar en sus cañones la expresión “ultima ratio regum”, “la última razón del rey”. En esta época, en la que gobiernan los reyes del mambo, han hecho borrar la palabra “última”. Para eso le sirven las bombas, para tener razón, por lo que desplazan en la esfera internacional el equilibrio argumentativo hacia el equilibrio coactivo.

No parece una crisis, sino una decadencia que posibilita la implantación de la sociedad desargumentada. Y una sociedad sin argumentos es una sociedad aburrida. Tolstói nos legó una de las claves: “en tiempos de paz, cuando la vida sigue su curso normal regulado por las estaciones del año, las cosechas, las lluvias, los bailes, los amoríos, el envejecimiento y la paulatina desaparición de la generación de los mayores, sus protagonistas empiezan inconscientemente a anhelar una guerra”. Una cita que lleva el germen explicatorio sobre el resurgimiento de la violencia machista, sobre el crecimiento del fascismo, sobre el aumento de la agresividad verbal, desencadenado por una innata necesidad de cubrir el vacío que ha dejado la ausencia de un argumento humanista en la consciencia humana. La guerra es simplemente un juguete más en manos de un niño malcriado.

Nos importa un pimiento que los muertos sean culpables o inocentes porque a los muertos no se les debe añadir atributos: son muertos. Las guerras plantean la confusión diabólica entre inocentes y culpables en tanto que los culpables de los flujos económicos que determinan el mapa geopolítico somos en mucha medida los inocentes confesos. Inocentes que no estamos dispuestos a prescindir de un aparato de aire acondicionado, inocentes que llenamos la cama de almohadas cuando tenemos una sola cabeza, inocentes que nos desplazamos en portentosos automóviles al gimnasio para subirnos en la máquina de caminar, inocentes con diez pantallas por casa. La bomba, aunque nos pese, no se lanza con un único objetivo sanguíneo de acabar con el enemigo, sino, además, con un ánimo mezquino por invisible. Se lanza porque ni usted ni yo aceptamos ni un solo electrodoméstico menos en nuestra casa de la ciudad, bien situada en un barrio residencial de postín, con piscina y pista de pádel, y pedimos la caída del gobierno en cuanto sube unos céntimos la docena de huevos.

Creemos que hacemos los pagos debidos con la moneda en curso que nos sobra después de hacer frente a los gastos necesarios, pero con lo que en verdad pagamos las banalidades es con fragmentos de ética universal hechos papel moneda. Pocos son los que asoman la cabeza por encima de los muros de la patria mía, por eso los agravios tienen cariz egocéntrico o nacionalista y se sale ganando o perdiendo en comparación con los vecinos más próximos. Tal vez la idea de aldea global carece de militancia en el primer mundo, salvando la de los pretores del capitalismo financiero. Sin embargo, basta desayunarnos una taza de reflexión severa para notar en el regusto amargo de sus posos que la moneda única es el planeta con un valor limitado y cada mordisco vicioso pone una porción del bocado fuera de su sitio natural en una boca saciada de antemano.

Por eso la guerra, la maldita guerra, es una bola de fuego colocada en una catapulta que los acomodados vamos tensando con actos indolentes y exigentes. Kafka lo expresó magistralmente: “En la lucha entre uno y el mundo, hay que estar de parte del mundo”. Un pensamiento que podemos sin duda interpretar como que “estar de parte del mundo” significa no dejarse guiar por los impulsos y caprichos de uno que sean ciegos, arbitrarios, efímeros, pueriles o frívolos. Algo hay entre nosotros que impregna el gesto colectivo del síndrome de “tricoteuses”, así llamadas unas mujeres que hacían ganchillo, destacadas en un público numeroso que durante la Revolución Francesa se congregaba bajo la guillotina, ávidas de sensaciones y que, de vez en cuando, tenían que apartar la mirada del espectáculo, para cerciorarse si no se les había escapado un punto.