domingo, 25 de enero de 2026

Un Maquinista


 Hay un fondo temerario en el mismo corazón del progreso que se hace visible en estos momentos de tragedia. Es la ignorancia insurgente o el reputado prestigio de la frivolidad. No sabría situar en el fluir histórico el momento exacto en que los asuntos de vida o muerte abandonan su genuina trascendencia y se exhiben en sociedad como espectáculos o entretenimientos. El dolor es soledad, cuyo nombre es ya todo un ritual solemne. Junto al dolor, que es soledad íntima, el impulso de acompañamiento es la expresión del dolor por el dolor del otro, un dolor vicario. La sociedad que acompaña es una sociedad en soledad colectiva. 

Sin embargo el panorama de gran parte de nuestro país sobrecoge por un denodado afán de simplicidad y pereza intelectual. Se ha dejado reposar en la costumbre una brillante aceptación de la prisa como una victoria contra el tiempo. Las masas no quieren perder el tiempo en el viaje para poder perderlo en el destino. Vacía queda la importancia intrahumana de la lentitud, la importancia de los efectos no pretendidos del progreso, sus costes. La modernidad no pasa por detenerse en estas cábalas, ni mucho menos. Pasa por juguetear con las tripas del juguete sin saber bien dónde van las piezas que acaba de desmontar. Una muchedumbre de espectadores asiste entretenida a la actuación, sin querer darse cuenta de que los comunicadores están formados para fabricar distracción, pero no saben nada del juguete. La civilización apadrina los avances tecnológicos a ciegas, a pesar de las advertencias de los sabios. Duele mucho, y a la par asusta, la facilidad con la que un comentarista concluye a partir de una raquítica contradicción. En general, se lapida a quien ose manifestar que esto o aquello no lo sabe con certeza. Nunca la duda ha padecido de tanto descrédito, ni la prudencia de tanta repudia. Todo ello en un mundo en que, si sobra algo, son respuestas. 

Las complejas estructuras sociales, donde se insertan las concretas mentalidades de sus miembros, se nutren y viven como cuerpos biológicos a partir de las conductas repetidas que han sido enseñadas con aviesas intenciones crematísticas. La demanda de celeridad había que crearla para que constituyera fundamento de la oferta y, para ese menester, era indispensable cambiar la prioridad y situar la eficiencia en la rapidez antes que en la seguridad. Ahora todo viajero exige una indemnización cuando el retraso es mayor de quince minutos, aunque para solicitarla tenga que perder dos horas; ese es un buen síntoma de la estupidez humana. 

Mientras el dolor por las pérdidas humanas reclama un silencio absoluto cargado de preguntas y una  reflexión sobre el sentido último de nuestras vidas como grupo humano, un clamoroso ruido groseramente engordado de frivolidad aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid para hacer caja  con la cuota de pantalla, cuando no para darse una pátina de sagacidad que alimente los pobres egos heridos. Hallamos, pues, la tristeza en el páramo, como así la angustia de los extraviados y los abandonados. No resulta creíble ningún consuelo que provenga de un rail quebrado, no nos alivia el disparo populista contra esta o aquella persona, nada nos alumbra la sospecha de los imbéciles; parece que se hubieran propuesto hacer que el dolor viviera más penumbra todavía. Como puntas de lanza, los que vienen haciendo el trabajo de campo, los maquinistas, lo saben con la sabiduría de los apegados a la tierra, la sabia convicción de que el tiempo necesita custodios en lugar de domadores de circo. No hablo ahora de la fatalidad de la técnica ni su demoniaca servidumbre a las leyes de la física, sino del sexto sentido que aúna los otros cinco en uno solo. Los signos de los tiempos deben apearse en la próxima estación, dar por amortizada la aventura de este viaje y, si de verdad quieren seguir una pista, busquen en los gálibos donde se cruzan los que van con los que vienen de vuelta; ahí está la clave y, tal vez, el origen de tanta desgracia.          

miércoles, 14 de enero de 2026

NIÑEZ ADULTA.

 

Salir de la espesura, quizás hacia los claros del bosque. ¿Pero qué hay en los claros? La caverna de Platón no está tomada por un medio oscuro, no cabe inferir la ausencia total de luz. Las sombras proyectadas sobre las paredes delatan la presencia luminosa. La sombra no es más que la representación ennegrecida de un haz de luz entorpecido, un haz de luz que tropieza. Sin luz no hay sombra. ¿Es comprensible el anhelo de abandonar la caverna? Lo más probable es que el deseo de ir a la luz provenga de un estímulo interior, de una preconcepción de las bondades de la claridad, es decir; de una intuición de esperanza, de una dicha promisoria. Una dicha desconocida y presentida, un horizonte en el que vislumbramos nuestra imagen prometida, dentro de la cual sucede la vida en plenitud. 

He escuchado a decenas de ingenuos adolescentes (adolescentes en el sentido humanos en fase de crecimiento espiritual), aventurar un porvenir idealizado al término de sus edades. Adolescentes, cuyos resortes racionales carecen aún de las injerencias de vida que informan y forman decididamente el raciocinio. Por esas lagunas existenciales engendran sus propias ideas románticas de futuro y establecen dentro de sí los mundos soñados en los que no se dan las dificultades cotidianas, que son invariablemente las más numerosas. Pero es un verse en el futuro conformado de una naturaleza preexistente, como si la idea a perseguir consistiera en una recuperación. Sus ilusos devenires caminan, haciendo con ese caminar la misma vida. Cierto es que se van sucediendo dinámicas perspectivas y atrás van quedando las visiones borrosas de su aquel presente, a la par de aquellas otras visones de futuro tamizadas tras el velo de Maya. La andadura tiene de “sino” el despeje de la neblina, cuyas capas se hacen un poco más transparentes a medida que se avanza. Ignora el adolescente que en medio del claro del bosque la misma espesura le espera, aunque bastante mejor alumbrada. Entonces aparece la añoranza. ¿Añoranza de qué? Añoranza de los sueños. Los adultos, en el sentido de seres con abundancia de experiencia vital, añoran la ensoñación cuando recuerdan la confortabilidad de la penumbra o la velada idealidad de sus remotos anhelos. ¡Quién volviera a ser niño de nuevo! Este es el aullido de la lucidez. Un aullido en cierto sentido amargo y en cierto sentido melancólico. Entre la amargura y la melancolía la diferencia radica en el suave goce de esta última. La añoranza es así un deseo de ingenuidad, un sencillo juego de recuperación de las cosas tal y como fueron entonces, con toda la brillantez presumida de aquellos claros del bosque. Cuánto más luminosa y nítida es la nueva caverna, más nos sentimos seducidos por la lejana niebla que quisimos despejar. Tal vez las cosas valgan la medida que adquieren en la imaginación y en el mito. Es en mitad del claro donde emergen dos clases de voluntad. Una voluntad del intelecto y otra voluntad del alma. La primera se afana en pensar y, recogiendo los corpóreos conceptos de la realidad, decide buscar a plena luz su luminosa verdad. La voluntad del alma se afana en buscar la vida misma, cuyo horizonte va más allá de los límites de la luz. Buscar más allá de los claros del bosque, nos devuelve a la nebulosa, nos retorna a la feliz ingenuidad de los niños, recobrando el impulso primario de creer que detrás de la bruma hay que seguir buscando claros, entre los que fluye el olvido que Luís Cernuda denomina “tiempo anterior a la conciencia de su transcurrir”. Porque más allá o más acá de las fronteras de la luz nuestras sospechas desatan la decisión de seguir sospechando cada vez con mayores certezas y sin abandonar nunca la conjetura original que yo llamo “niñez adulta”.