domingo, 14 de febrero de 2021

CUÑALADA TRAPERA

Es conocida la mordacidad con que respondió Borges a la pregunta de cómo se llevaba con su cuñado Guillermo de Torre: “Muy bien, ni yo lo veo ni él me oye”. Con esa extraordinaria disfuncionalidad, el embroque se perfecciona, -válgame la metáfora del embroque-. En una democracia cuñadológicamente plena, tiene un sentido muy ajustado la genialidad de Borges. Lo mejor para llevarse bien es una forzosa  desconexión de algún canal de trato, y enraíza muy bien en un tiempo en el que los cuñados han arribado en la cima de la mala prensa, desbancando al “suegrerismo” clásico. Ahora es mucho peor tener un cuñado que un suegro y tiene su porqué: tener un suegro te dejaba en yerno, pero tener un cuñado te convierte en lo mismo y eso duele. Es una concreta relación emponzoñada por la política. Si tengo un hermano, lo quiero mucho; pero si al hermano le pongo detrás la palabra “político”, ya no lo quiero tanto.

Lo cierto es que hay una cuñadología institucional muy acusada. Lo normal es referir el término a las relaciones particulares, donde, a mi juicio, no cabe una simplificación de tanta enjundia. Las personas suelen relacionarse entre sí con una profundidad muy entrenada y competente. Incluso cuando las naderías “nadean” entre ellos, siempre se establecen conexiones en múltiples niveles y suelen propiciarse convergencias de cuyos hilos se entreteje la gran madeja que es la sociedad. Sin embargo, en las relaciones institucionales, para llevarse bien, uno tiene que hacerse el sordo y el otro el ciego o viceversa. La cuñadología, en este circuito por donde se va y se viene de la Administración al ciudadano y del ciudadano a la Administración, es un juego de roll, en el que cada cual pretende saber más que el otro y quedar por encima.

Lo peor del sistema no consiste en tener que “hacerse” el sordo o el ciego, sino en que la sordera o la ceguera son el “status quo” y de ellas pende el programa político en las democracias cuñadológicas. Es obvio que las opiniones mayoritarias se forman, cada vez más, sobre informaciones imprecisas y vagas. El grueso de las presiones multitudinarias tiene causas viscerales, impulsivas y deformadas. Los expertos a duras penas consiguen intercalar sus conocimientos y, cuando lo hacen, se arriesgan a un descrédito popular y a un linchamiento despiadado. Pese a que la insolencia del ignorante ha existido siempre, lo esperpéntico es que, ahora, la suma de esos insolentes conforma una opinión general que, ciegamente, será escuchada por el poder.  Y se ha pasado de un poder que era totalmente consciente de esto, a otro que actúa de oídas, siendo como es, totalmente sordo a tanta ceguera visionaria.

El culmen de esta feria de atrocidades, es la “cuñalada” trapera. Las personas somos los fundadores del Estado, los artífices de la creación de Instituciones, Leyes, Poderes, etc., que responden a la necesidad de convivencia, de protección y armonía. Lo normal sería confiar en lo que, en ningún caso, perseguiría volverse contra quienes lo gestaron. Pero la casuística doblega ese supuesto y a la entrada de cada institución han colgado la leyenda que había en el Infierno de Dante: “Abandonad toda esperanza”. No contentos con que el poder nos haya robado el poder, cerramos los ojos para no tener que verlo y, mientras tanto, él se pasea con un cubata en la mano mascullándole a la oreja de la suegra, que también se hace la sorda: verás tú qué risas. Para llevarse bien, lo mejor es no ver a quien no nos oye, y leer a Borges, siempre leer a Borges. 

 

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