jueves, 14 de febrero de 2013

El Mito de Crissua.


Fue anterior a los amaneceres y al significado de las letras. Tan anterior al principio del Tiempo que no habían sido fundados aún los espacios infinitos, ni instalados los sucesivos caos del cosmos, ni el cosmos mismo. Diríase que sucediera por delante de la realidad sin alcanzarla.
Un tronante latigazo de luz, aún no cabía nombrar los rayos ni los relámpagos pues no existía la climatología, cobró el ímpetu de los cuerpos incandescentes bajo la extensa noche y áspera oscuridad de la nada. Su amorfismo primigenio se fue mudando en la figura viril más hermosa de los preliminares del tiempo.  Tan violenta era su belleza que los universos, galaxias y planetas tuvieron que posponer su nacimiento por no quedar perennemente obnubilados. La potencia armoniosa que adquirió su carne soberbia no mancilló una pizca la descomunal ternura de sus gestos. Su boca y sus ojos darían lugar a la música. Su carne sirvió a Júpiter para la lluvia de oro que sedujo a Leda, pero eso fue mucho después, si cabe hablar de secuencias temporales. Así irradiante, vagaba en el aire innombrable, y su preciosidad era tan dúctil que se desprendía de sí mismo, licuado, vertiéndose en canales, arroyos y ríos que se expandían sin límites empapando y anegando en mieles y almíbares toda la extensión de la inmortalidad.  Así, derretida su lindeza, habiendo conquistado y ocupado el completo ideal de la perfección y el Arte, se durmió, digamos un tiempo.
Entonces, -el mito es confuso en esto-, la futura Diosa de las palabras innombrada “Verbatia”, compareció en la Historia, desde no se sabe bien dónde, pletórica sobre una cuadriga lujosísima que tiraban dos entes encariñados sin figura reconocible, cuyos nombres eran “Xisca” y “Filipa”. Se detuvo ante el espectáculo de un Océano impetuoso de aguas graves y espléndidas. Y sintiendo en las entrañas una atracción imparable y una sed inefable, como jamás recordara haber notado, desprendiéndose de su atuendo de ensueño, brocado de felicidades y signos de puntuación, Verbatia se zambulló ávida y febril, sin saber lo que hacía porque quedó engendrada en ese preciso trance.
Ningún elevado signo de lo eterno se había deslizado todavía en su conciencia y, llamada a inventar las palabras, comprendió que la delicada criatura de su vientre, a quién llamó “Crissua” por distinguirla, estaba destinada a poner sentido, belleza y significado en el corazón mismo de las palabras y las letras todas, cuando las hubiera. Crissua es el néctar primoroso que cada palabra contiene en la barriga y cada expresión sugiere cuando el lector supera el envoltorio. También es el ultramundo que cada escritor vislumbra y persigue en el más allá de lo que dice. Adviértase la entrelínea perfumada de aroma magistral y la luminosidad encendida que los vocablos revelan. La Humanidad  debe a la linda locura de Verbatia y a la terrible fertilidad de la belleza la dicha y la gracia con que las palabras vienen dotadas. Crissua es el sentido.     

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