viernes, 6 de marzo de 2026

MI DIARIO (apunte)


Cuando, llevado por alguna circunstancia, recuerdo algún acontecer hermoso de mi infancia o de mi juventud, este se presenta como objeto independiente, como cuerpo cerrado de alguna manera. Es decir, lo considero aislado dentro de un tiempo encapsulado. Esas evocaciones -ahora las comprendo un poco- hacen las veces de pequeñas dosis de la vida pretérita separadas de su entorno, mostrándose como relucientes piedras preciosas sin engarzar. Sin embargo, he de admitir que un día exultante, una dicha del espíritu o de la carne, en nada es una accidental vivencia sin la menor conexión con el otro mundo que, digamos, se vive a diario. Me he asombrado entendiéndolo. 


El grueso de nuestro tiempo, de nuestro cotidiano y rutinario modo de estar en el mundo, nuestras horas puntuales de comida o sueño, de aseo o trabajo, de estudio o de recreo preparan, si no es que crean acaso el curso de los acontecimientos que, en algún momento, desembocarán en la inevitable eclosión de los instantes memorables. No obstante, por mor de un extraño proceso psicológico, evitamos asociarlo con algún antecedente. Por eso, una vez que he reflexionado y reconocido que toda costumbre o toda rutina no es algo distinto de una preparación sucesiva para la floración, el aburrimiento connatural de los actos cotidianos se convierte en algo muy distinto. Confieso que me da cierta tristeza haber tardado tanto en haberlo aprendido. Visto así, los días corrientes son sencillamente esperanzadores. Observo, por ejemplo, que la intensidad del placer que experimento al descansar tras una dura jornada me permite el hallazgo subliminal de una felicidad dentro de otra, como las matrioskas rusas. En cambio, en un encadenado de ocios correlativos, en lugar de que el descanso tome forma de obsequio, toma forma de cargo. 


De vez en cuando retomo o me retoma la memoria de mis días felices en un pueblo costero. Ninguno de aquellos infantiles juegos o divertimentos inocentes y serios pueden explicarse como ocupaciones inauditas, insólitas u originales. Me bastaba montar una bicicleta prestada para ir hasta la punta de la bahía, volver al punto de partida y empezar de nuevo, con un pedaleo frenético al ir y otro melancólico al volver. Eso sí, desprendido del sentido del tiempo que se alargaba como la luz en las tardes de verano. O subir las ramblas hasta uno de los puentes más distantes y, desde allí, soltar dentro del cauce un barquito de papel al que acompañaba correteando hasta la desembocadura. Revivo haber sentido como una conquista implacable el haber transgredido el horario impuesto por mis padres, quienes en esos días renunciaban a la severidad habitual. Hechos intrascendentes que percibía como el designio imparable de mi fortuna. ¡Ahora sé cuánto me había preparado para esos instantes en eclosión! 


Todo: las clases regulares de lunes a viernes impartidas por barítonos devotos de la tabla de multiplicar, el desgastado uniforme del año pasado, la cansada avenida que recorría cuatro veces al día, la figura alargada de la panadera que parecía una obra del Greco, la parsimonia con que daba las campanadas el reloj de pared -siempre tocaba a muerto-, la penumbra en las tardes de invierno y el sofoco en las tardes de verano o la tediosa dispersión de mi ánimo, todo, absolutamente todo, formaba parte de una tabla de ejercicios preparatorios para el día o los días dichosos. 


Puesto que el capricho de la memoria se nos presenta en fragmentos inconexos, la mayor parte de la vida transcurre ajena a esa profundidad de lazos. Lo más seguro es que, así lo creo, de haber procurado un contagio de esperanza a las rutinas ordinarias, el fluir lento o neurótico de mi vida corriente se hubiera preñado de entusiasmo. Tal vez, este iluminismo de la dicha irradiando los tiempos vacíos, me hubiera advertido de la idea de felicidad que incluye tanto los días alegres como los días tristes. Repaso ahora con profundidad aquellos instantes repletos de sensaciones de puro alborozo y les doy perspectiva y fondo. Así como en una pintura, el motivo principal queda subrayado gracias al esplendor del trasfondo pictórico, resaltándolo, perfilándolo y respetándolo, sin cuyo auxilio la obra queda empobrecida, mis días luminosos embellecen por contraste con mis días de penumbra. 


Tuve la suerte de conocer muchos días de apacible adversidad o tribulaciones sosegadas que encerraban la virtud de impulsar la intensidad de mis gozos, puesto que he entendido que los gozos se nutren de intensidades antes que de repeticiones. Da la impresión de que una mecánica indetectable se encarga de proporcionar a cada cual una cantidad equivalente de felicidad. A unos se les concentra en unos pocos días y a otros se les distribuye a lo largo de toda la vida. Hoy lo que recuerdo es que recordé distinto siempre, que los hechos que tuvieron importancia por su dulce fulgor no los enraizaba en el curso plano de los días sin accidentes, esos días de honda experiencia existencial que identificamos con el hastío y con el aburrimiento. Un poco es ir haciendo balance sin esperar al último día en el que, a la fuerza, todo cuadra. 


 

martes, 3 de marzo de 2026

LA GUERRA Y YO.

 

Por ahora, nada cambia el hecho de que, como persona bien informada, no tenga ni idea de lo que digo. La información y la verdad llevan un tiempo de apacible divorcio. Será porque equivocamos el nombre de las cosas. Decimos que vuelve la vileza de un nuevo bombardeo, cuando no es nuevo ni vuelve lo que nunca se ha ido. No hay paz, sino una apariencia instantánea de paz que ocupa el espacio de un anuncio publicitario en medio de una programación. Se puede decir que la paz en el presente ha de incluir una esperanza de paz en el futuro para que lo sea. La realidad es bien otra: lo último que se pierde es la desesperanza. No es una nueva guerra, es un nuevo foco. Los muchos otros desmanes bélicos no han cesado, sino que han entrado en su fase más cruel; la fase de oscuridad informativa.

El punto de partida es que la guerra es un mal porque es un mal quitarle la vida a alguien. Pero, siendo un punto de partida, no debemos dejar de reclamar que también es un punto de llegada. Axioma que se discute con menos pudor cada vez. Europa apela al respeto del derecho internacional y, sin embargo, en el corazón de las grandes potencias el derecho internacional son los músculos armamentísticos. Las razones tienen la sintaxis de un racimo de misiles. Luis XIV de Francia mandó grabar en sus cañones la expresión “ultima ratio regum”, “la última razón del rey”. En esta época, en la que gobiernan los reyes del mambo, han hecho borrar la palabra “última”. Para eso le sirven las bombas, para tener razón, por lo que desplazan en la esfera internacional el equilibrio argumentativo hacia el equilibrio coactivo.

No parece una crisis, sino una decadencia que posibilita la implantación de la sociedad desargumentada. Y una sociedad sin argumentos es una sociedad aburrida. Tolstói nos legó una de las claves: “en tiempos de paz, cuando la vida sigue su curso normal regulado por las estaciones del año, las cosechas, las lluvias, los bailes, los amoríos, el envejecimiento y la paulatina desaparición de la generación de los mayores, sus protagonistas empiezan inconscientemente a anhelar una guerra”. Una cita que lleva el germen explicatorio sobre el resurgimiento de la violencia machista, sobre el crecimiento del fascismo, sobre el aumento de la agresividad verbal, desencadenado por una innata necesidad de cubrir el vacío que ha dejado la ausencia de un argumento humanista en la consciencia humana. La guerra es simplemente un juguete más en manos de un niño malcriado.

Nos importa un pimiento que los muertos sean culpables o inocentes porque a los muertos no se les debe añadir atributos: son muertos. Las guerras plantean la confusión diabólica entre inocentes y culpables en tanto que los culpables de los flujos económicos que determinan el mapa geopolítico somos en mucha medida los inocentes confesos. Inocentes que no estamos dispuestos a prescindir de un aparato de aire acondicionado, inocentes que llenamos la cama de almohadas cuando tenemos una sola cabeza, inocentes que nos desplazamos en portentosos automóviles al gimnasio para subirnos en la máquina de caminar, inocentes con diez pantallas por casa. La bomba, aunque nos pese, no se lanza con un único objetivo sanguíneo de acabar con el enemigo, sino, además, con un ánimo mezquino por invisible. Se lanza porque ni usted ni yo aceptamos ni un solo electrodoméstico menos en nuestra casa de la ciudad, bien situada en un barrio residencial de postín, con piscina y pista de pádel, y pedimos la caída del gobierno en cuanto sube unos céntimos la docena de huevos.

Creemos que hacemos los pagos debidos con la moneda en curso que nos sobra después de hacer frente a los gastos necesarios, pero con lo que en verdad pagamos las banalidades es con fragmentos de ética universal hechos papel moneda. Pocos son los que asoman la cabeza por encima de los muros de la patria mía, por eso los agravios tienen cariz egocéntrico o nacionalista y se sale ganando o perdiendo en comparación con los vecinos más próximos. Tal vez la idea de aldea global carece de militancia en el primer mundo, salvando la de los pretores del capitalismo financiero. Sin embargo, basta desayunarnos una taza de reflexión severa para notar en el regusto amargo de sus posos que la moneda única es el planeta con un valor limitado y cada mordisco vicioso pone una porción del bocado fuera de su sitio natural en una boca saciada de antemano.

Por eso la guerra, la maldita guerra, es una bola de fuego colocada en una catapulta que los acomodados vamos tensando con actos indolentes y exigentes. Kafka lo expresó magistralmente: “En la lucha entre uno y el mundo, hay que estar de parte del mundo”. Un pensamiento que podemos sin duda interpretar como que “estar de parte del mundo” significa no dejarse guiar por los impulsos y caprichos de uno que sean ciegos, arbitrarios, efímeros, pueriles o frívolos. Algo hay entre nosotros que impregna el gesto colectivo del síndrome de “tricoteuses”, así llamadas unas mujeres que hacían ganchillo, destacadas en un público numeroso que durante la Revolución Francesa se congregaba bajo la guillotina, ávidas de sensaciones y que, de vez en cuando, tenían que apartar la mirada del espectáculo, para cerciorarse si no se les había escapado un punto.

lunes, 23 de febrero de 2026

ESCRITORES DE GUANTE BLANCO.

Como si para llegar a ser Cortázar no hubiera hecho falta comer mucho cronopio, salen a espuertas desnutridos obvios, con un triste almuerzo bebido, pero orgullosos de sus “Rayuelas”. Dejemos, por ahora, a los ritualistas del oficio, escritores de guante blanco que se acercan al texto con reverencia sagrada y espíritu sacerdotal y a los tocados por la mano divina. El resto, muy satisfechos de haberse conocido, se tiran a la literatura como quien se tira a un charco esperando profundidad, sin haber aprendido a nadar; sin casco y sin botas de agua. No parece aceptable objetar lo más mínimo contra quienes optan por aficionarse a la escritura antes que aficionarse a lo que echen por televisión. Porque en televisión dejaron de emitir programas hace mucho, hoy los echan como si echaran cerdos a las margaritas.

Los hay que aspiran a Neruda o a Stefan Zweig y, a fuerza de ir la fuente al cántaro, acaba llenándolo. Por eso estos émulos tampoco son intrusos en exceso. Gracias a que algún trago de elixir han ingerido, es posible encontrarles alguna traza impregnada de sustancia. En cambio, centrándonos en aquellos que atiborran los estantes de las librerías, renovadas mes a mes por la suerte de los constantes vendavales del comercio editorial, sólo cabría decir que lo que muestran en los expositores tiene mucho más que ver con un diagnóstico de desnutrición que con la literatura. Es sabido de la existencia de enfermedades o carencias fisiológicas que pasan desapercibidas en el paciente. Las afectaciones del ego y los constipados de la vanidad, mucho más. Hay vanidades que estornudan libros, lo menciono de puntillas, naturalmente.

Para sacar a la palestra alguna de estas patologías escondidas, nada mejor que un especialista que se emplee en el chequeo. Tratándose del cuerpo mortal, si alguna prueba rutinaria advierte del menor déficit sanguíneo, el sujeto, consciente de que el día de mañana puede acarrearle un problema de mayor envergadura, se somete rápidamente a terapia. Pero el cuerpo intelectual se mueve por otros derroteros y reniega de los reconocimientos médicos, no sea que atenten contra su estima. Y, aunque no renegara, tampoco se somete, porque escasean o vaguean en igual medida los especialistas.

Hasta bien pasada la mitad del siglo XX, el novelista, el dramaturgo, el poeta, esperaba con ansiedad y terror el diagnóstico de la crítica, que siempre emitía su certificación. Con acierto o sin él, bien con la punta del florete, si adopta el rol de espadachín, o de un solo “criticonazo” en la nuca, podía aniquilar la obra de un plumazo. Téngase en cuenta que el “criticonazo” en la nuca despliega su onda expansiva desde la destrucción de la obra hasta la destrucción del obrador. En cambio, llevamos décadas en las que reseñas, comentarios, críticas, valoraciones de las nuevas obras no salen del almíbar y lo que cristaliza en los medios está dentro del concepto publicitario a secas. El novel ha dejado el temor a la crítica al mismo tiempo que en el crítico ha nacido el temor al novel. El neófito, “motu proprio” se siente cumbre, pero si acude a consulta, sale encumbrado. No sería grave, digamos, si no ocupara injustamente el lugar que le corresponde a otros; el lugar en nuestro íntimo y particular tiempo, quiero subrayar.

En medio de este panorama, sólo los vampiros saben de la calidad de la sangre. Cuando ésta es débil en glóbulos rojos, la frase entra rasposa y áspera, arañando el paladar y avisando jaqueca. Pero, por merced de las nuevas décadas, cuando requieren al cuerpo de vampiros para valorar la cata, nadie espera ni un desprecio ni una arcada, cosa que, en vez de desacreditar la obra, desacreditaría al catador. Pese a la rapidez con que un degustador detecta el néctar, el operativo del encuentro es muy lento porque hay que dar con el sitial del portador. Han tenido que hacer de la exploración y búsqueda el grueso de su actividad, cansados ya de ir a los bebederos públicos o a las piletas dispuestas en las plazas para abrevadero de las bestias. Abocados a repetir tragos de las grandes marcas que no defraudan, en la espesura pierden tesoros tapados.

Un efecto secundario terrible se cierne sobre los escritores de guante blanco, que a sabiendas de la abundancia del libro peleón, renuncian a colocar el suyo en el pilón de los egos paginados. Y se niegan a compartir la misma suerte que los necios en las estanterías de literatura sucedánea. Sus obras, para empobrecimiento de todos, duermen el sueño de los justos en un cajón de alguna cómoda. No obstante, en medio del desbarajuste editorial que nos aqueja, un fenómeno de calado generacional nace. Es la figura del lector, que emerge como el factor reputado en medio de la trama de intervinientes en el mundo del libro. Hoy, ante un escritor tendemos a guarecernos; ante un lector, a quitarnos el sombrero. Los primeros están en todas partes, donde menos los esperas. Los segundos constituyen especie en extinción. Pero, amigo, cuando das con uno, le ves los regueros de cronopios saliendo por las orejas, dicho sea sin guantes y y con el agua de la pileta al cuello.
 

miércoles, 18 de febrero de 2026

LA HORQUETA DE ZAHORÍ.

 

Todavía tengo memoria de la tarde en que pusieron en mis manos la vara de zahorí. No fue mi padre, quien tuvo ocupaciones de pocos trucos. No fue mi madre tampoco. Al fin y al cabo, eran épocas en la que los hijos heredaban el empleo de los padres. Más que heredarlos, lo continuaban por una suerte de inercia familiar que hacía de la profesión un elemento de cohesión y, a la vez, una cuestión económica. No fue mi caso. En mi círculo de conocidos próximos nadie se dedicaba a buscar agua; se ve que no había sedientos. Recibí en mis manos el artilugio sin saber su procedencia. Para la dedicación a ese menester no se precisan conocimientos especiales. Creo que las oficinas de empleo no ofrecen cursos, aunque debieran. El manejo de la horqueta es sencillo, llegando a ser divertido. Hay niños que lo tienen por juguete. Ojalá nos tomáramos tan seriamente la vida como se toman los niños los juegos.

Aquella tarde que hoy rememoro, de iniciación sobrevenida, experimenté una especie de trance, un sopor incorpóreo, como si la temperatura se cociera en algún escondido rincón de mis numerosas galerías internas. Por supuesto, sólo visitables mediante un ejercicio de reflexión inédito que fundaba una introspección involuntaria. Estaba, un día más, tratando de hacer mis tareas escolares, sentado frente a un modesto buró sobre el que se desordenaban libretas, papeles y libros de texto (no he llegado a topar jamás con ningún libro sin texto). Mi cometido inmediato era entregarme al esfuerzo de memorizar un tema, cuyo epígrafe se presentaba bajo el título de “ganadería estabulada”. Cursaba entonces uno de los primeros años de la educación básica y, por eso, supongo que el tema no daría más que para hacernos saber que, a partir de algún momento histórico, el ganado se atendía ya en el interior de establos y que eso daría lugar a un modo de economía nueva. Estoy seguro de que, también en aquel entonces, la mente atraería la imagen del ganado vacuno, y que nadie pensaría en los establos improvisados en cajas de zapatos donde se guardaban gusanos de seda. Seguimos sin deshacernos de los sesgos con naturalidad.

Ese tema cuelga en el haber de mis asignaturas pendientes. No lo estudié ni pude responder cuando me lo preguntaron al día siguiente. De haberlo estudiado, ahora no lo recordaría. Esta maña de la memoria habría que incluirla en los manuales de pedagogía: con su uso queda fijada la lección para siempre sacrificándola sólo un día. Los repetidores estudian dos veces lo que sólo estudian una vez los aplicados. A decir verdad, lo que yo deseaba era salir del establo, salir a campo abierto. Claro que, un día era salir del establo y otro salir de la Revolución francesa. Mis impulsos de huida fueron constantes y los venía sintiendo desde que empecé a comprender las cosas que debía memorizar. La comprensión, en cierto sentido, es enemiga de la memoria. En la comprensión hay un ejercicio racional de asociación de conceptos y en la memoria uno de repetición. No es que valide la memoria como la inteligencia de los tontos, pero comparada con el entendimiento resulta ser una gimnasia aburridísima.

No creo que me importara lo más mínimo, a esa edad púber de inquietudes zanquilargas, ocuparme en lo que se han ocupado los adolescentes de tantas generaciones; en dar barzones desangelados con tal de salir corriendo. Las huidas comienzan con un primer momento de desorientación que tiene claro de dónde salir, pero, hasta que se da con el sitio al que se quiere llegar, transcurre un tiempo. Y yo, que estaba la mayor parte del tiempo salido (del establo, se entiende), me di de bruces con el sitio, como una cabeza de ganado da con su querencia o un desertor con su exilio dorado.

Fue que, entre los muchos desórdenes, en algún soporte que no sé si era recorte de periódico, apunte de alguna libreta antigua o página expuesta azarosamente, una frase me deslumbró: “el poeta es un zahorí en busca del agua escondida”. Es bella y enigmática a partes iguales. Al igual que a un diletante que escucha por primera vez el “Réquiem” de Mozart se le aparece de pronto el mundo entero llorando, en un llanto que contiene y expresa el fondo hermoso de la tristeza, a mí, que venía del arrobo impreciso y vagante, me depositó tranquilamente la varita en las manos con la que busco el agua escondida para entregarme al acto de misericordia de dar de beber al sediento, si es que lo hay.

lunes, 16 de febrero de 2026

LA VIDA CON TREGUA.

Por las noches, cuando se quedan a las claras el monto acumulado que nos dio el día, y las cosas salen a nuestra luz y a nuestro encuentro, es cuando las podemos ver sin el deterioro con el que se presentan a pleno día. Algo parece despejarse en esas horas entre el velar y el dormir que sólo tienen lugar a la luz de la oscuridad. Debe ser que en el día, cada objeto o cada abstracción tome por su cuenta el camino de sus vínculos y, como hacemos las personas, eviten aparecer completamente desnudas. Se ha empeñado el mundo en dividir el tiempo en días y noches. Cada día con su noche, cada noche con su día. Sin embargo -ya nos lo advirtieron los sofistas- la naturaleza no suele dar saltos, como saltos da el choto para rabia de los detractores de saltos. Y entre la luz y la tiniebla reconocemos el tango “a media luz” que es lo mismo que la media oscuridad, aunque no haya tango que baile tal cosa. Ese es el tiempo que transcurre entre un rey y otro. El tiempo que tarda en desvestirse uno y el otro se acicale. Un tiempo que adopta su postura de eslabón.

Me di cuenta, pongamos una noche cualquiera, cuando metido en la cama abrí mi librito de mesita con el que me aíslo de la guerra que no cesa en sus horas activas. Supongo que el combate continua su curso allá afuera, pero, por alguna rara circunstancia que se me escapa, dentro mío se decreta un alto el fuego, por el que mi puesto de soldado queda descubierto y, en cierto sentido, vuelvo con un permiso a casa. Llego, eso sí, unas veces herido, otras victorioso, pero ni lo uno ni lo otro entra conmigo en el recinto confortable en el que predomina la paz. No sería estrafalario proponer otra partición del tiempo, comprobado que hemos adoptado actitud distinta y uso separado de las otras dos porciones clásicas. Mientras la batalla o las batallas desenvuelven sus estrategias en el campo, lo más importante es que yo no estoy. Prescinde de la mano o el mando que media el desarrollo bélico de las cosas, fluyendo según el curso o el camino más adecuado. Es decir; que la fugaz ausencia permite la libertad de destino y, como estoy en ese despacho donde cuelga el cartel que dice “no puedo hacer nada”, las balas se disparan fuera de mi vista y, mejor aún, fuera de mi control. Volveremos después a ver cómo se solventan a la mañana siguiente.

Mientras tanto, entregado a la dicha del confort de la paz y la esperanza del sueño, despejado el campo de cadáveres y amenazas, relumbra, por ejemplo, el saludo inesperado de un amigo o la hermosura del gorgorito de un jilguero. La fastidiosa obediencia al trabajo hace brotar a través del cansancio una elegante dignidad apenas invasiva, como hace el manantial filtrando el agua cristalina, gota a gota, dotándola de una capacidad infinita de crecimiento a medida que vaya caminando. La grosera inflamación que nos provoca un insulto deja, en esta hora, que la herida abra su boca para reír el sarcasmo de los indolentes. Repáranos en el suave aroma de la trinchera que anuncia mínimamente una primavera, con un atisbo apenas perceptible, pero que en estos instantes de serena impaciencia por el merecido reposo, esparce su efluvio igual que una pequeña dosis de éter o quizás de fentanilo.

Nótanos, pues, que la vida escuece distinto dispuesta en su labor terapéutica a la salvación, por más que sea temporal. Se nos antoja pensar en los efectos imprecisos del tiempo recobrado en estas eternidades, en cierto modo visionarias, que pueden salir de visita bien a los cantos rodados del río, como a los riscos desde donde contemplarlos. No sucede siempre, como no sucede la noche en determinadas latitudes. Por eso nos convida a desplazarnos hacia esos territorios en donde los sucesos albergan, dentro de sí, el espacio de tránsito que hay de un estado de consciencia a otro. También anoto que, dentro de estos espacios volátiles, los pequeños o grandes inconvenientes se alzan como pequeños dones, pues basta pensar en quienes han crecido al margen de todo obstáculo para advertir que el bostezo que profieren gracias a su insólita estabilidad carece de todo interés literario, no digamos espiritual. Por lo general son gentes que no han emprendido viajes, que se han convertido en costumbre en su totalidad.

Advertí al principio que volvería a la guerra, no es mi voluntad la que me arrastra. Pero esta vez con el prismático que las horas etéreas me facilita. Nada mejor para el oteo que situarse en la cima de un farallón elevado, donde poder escuchar el discurso puro que nace silencioso en el vientre de la intuición. Encaramados allí no recibimos telegramas y nada espera nuestra intervención. En cambio, somos auxiliados para la más alta comprensión de que la guerra, una vez declarada, ejerce cumplidamente una soberanía misteriosa. Con absoluta independencia nuestra, se afana en ir poniendo término a la multitud de conflictos que, en estado de vigilia, nos absorbe. Y, para dichoso desconcierto de quien intuye, no son pocas las batallas que se resuelven por retirada de uno o de todos los combatientes. “Los oradores se suicidan pegándose un tiro en la boca” y lo hacen cuando pueden quedarse a solas, a distancia de quienes osamos dar las órdenes. Las controversias se hacen debates, los debates se hacen coloquios, los coloquios se hacen conversación, la conversación se hace acuerdo y el acuerdo se hace unanimidad, como si el suspiro de un Buda les hubiera hecho aprender la unidad o el todo. Esa dimensión en medio del día y de la noche, en la que las cosas han mandado despreciarnos con la asertividad de un liberto, no nos desarma, sino al contrario, nos constituye en objeto del destino, antes de que se nos caiga de las manos el libro de mesita. Después -siempre existe una frontera que se llama después- reparamos en la cicatriz como símbolo inequívoco de que no es posible llamar “vida” a la vida que se vive sin tregua. La lógica clasificatoria muestra que, en estas latitudes que me contienen, el tiempo tiene sus días, sus treguas y sus noches.
 

domingo, 25 de enero de 2026

Un Maquinista


 Hay un fondo temerario en el mismo corazón del progreso que se hace visible en estos momentos de tragedia. Es la ignorancia insurgente o el reputado prestigio de la frivolidad. No sabría situar en el fluir histórico el momento exacto en que los asuntos de vida o muerte abandonan su genuina trascendencia y se exhiben en sociedad como espectáculos o entretenimientos. El dolor es soledad, cuyo nombre es ya todo un ritual solemne. Junto al dolor, que es soledad íntima, el impulso de acompañamiento es la expresión del dolor por el dolor del otro, un dolor vicario. La sociedad que acompaña es una sociedad en soledad colectiva. 

Sin embargo el panorama de gran parte de nuestro país sobrecoge por un denodado afán de simplicidad y pereza intelectual. Se ha dejado reposar en la costumbre una brillante aceptación de la prisa como una victoria contra el tiempo. Las masas no quieren perder el tiempo en el viaje para poder perderlo en el destino. Vacía queda la importancia intrahumana de la lentitud, la importancia de los efectos no pretendidos del progreso, sus costes. La modernidad no pasa por detenerse en estas cábalas, ni mucho menos. Pasa por juguetear con las tripas del juguete sin saber bien dónde van las piezas que acaba de desmontar. Una muchedumbre de espectadores asiste entretenida a la actuación, sin querer darse cuenta de que los comunicadores están formados para fabricar distracción, pero no saben nada del juguete. La civilización apadrina los avances tecnológicos a ciegas, a pesar de las advertencias de los sabios. Duele mucho, y a la par asusta, la facilidad con la que un comentarista concluye a partir de una raquítica contradicción. En general, se lapida a quien ose manifestar que esto o aquello no lo sabe con certeza. Nunca la duda ha padecido de tanto descrédito, ni la prudencia de tanta repudia. Todo ello en un mundo en que, si sobra algo, son respuestas. 

Las complejas estructuras sociales, donde se insertan las concretas mentalidades de sus miembros, se nutren y viven como cuerpos biológicos a partir de las conductas repetidas que han sido enseñadas con aviesas intenciones crematísticas. La demanda de celeridad había que crearla para que constituyera fundamento de la oferta y, para ese menester, era indispensable cambiar la prioridad y situar la eficiencia en la rapidez antes que en la seguridad. Ahora todo viajero exige una indemnización cuando el retraso es mayor de quince minutos, aunque para solicitarla tenga que perder dos horas; ese es un buen síntoma de la estupidez humana. 

Mientras el dolor por las pérdidas humanas reclama un silencio absoluto cargado de preguntas y una  reflexión sobre el sentido último de nuestras vidas como grupo humano, un clamoroso ruido groseramente engordado de frivolidad aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid para hacer caja  con la cuota de pantalla, cuando no para darse una pátina de sagacidad que alimente los pobres egos heridos. Hallamos, pues, la tristeza en el páramo, como así la angustia de los extraviados y los abandonados. No resulta creíble ningún consuelo que provenga de un rail quebrado, no nos alivia el disparo populista contra esta o aquella persona, nada nos alumbra la sospecha de los imbéciles; parece que se hubieran propuesto hacer que el dolor viviera más penumbra todavía. Como puntas de lanza, los que vienen haciendo el trabajo de campo, los maquinistas, lo saben con la sabiduría de los apegados a la tierra, la sabia convicción de que el tiempo necesita custodios en lugar de domadores de circo. No hablo ahora de la fatalidad de la técnica ni su demoniaca servidumbre a las leyes de la física, sino del sexto sentido que aúna los otros cinco en uno solo. Los signos de los tiempos deben apearse en la próxima estación, dar por amortizada la aventura de este viaje y, si de verdad quieren seguir una pista, busquen en los gálibos donde se cruzan los que van con los que vienen de vuelta; ahí está la clave y, tal vez, el origen de tanta desgracia.          

miércoles, 14 de enero de 2026

NIÑEZ ADULTA.

 

Salir de la espesura, quizás hacia los claros del bosque. ¿Pero qué hay en los claros? La caverna de Platón no está tomada por un medio oscuro, no cabe inferir la ausencia total de luz. Las sombras proyectadas sobre las paredes delatan la presencia luminosa. La sombra no es más que la representación ennegrecida de un haz de luz entorpecido, un haz de luz que tropieza. Sin luz no hay sombra. ¿Es comprensible el anhelo de abandonar la caverna? Lo más probable es que el deseo de ir a la luz provenga de un estímulo interior, de una preconcepción de las bondades de la claridad, es decir; de una intuición de esperanza, de una dicha promisoria. Una dicha desconocida y presentida, un horizonte en el que vislumbramos nuestra imagen prometida, dentro de la cual sucede la vida en plenitud. 

He escuchado a decenas de ingenuos adolescentes (adolescentes en el sentido humanos en fase de crecimiento espiritual), aventurar un porvenir idealizado al término de sus edades. Adolescentes, cuyos resortes racionales carecen aún de las injerencias de vida que informan y forman decididamente el raciocinio. Por esas lagunas existenciales engendran sus propias ideas románticas de futuro y establecen dentro de sí los mundos soñados en los que no se dan las dificultades cotidianas, que son invariablemente las más numerosas. Pero es un verse en el futuro conformado de una naturaleza preexistente, como si la idea a perseguir consistiera en una recuperación. Sus ilusos devenires caminan, haciendo con ese caminar la misma vida. Cierto es que se van sucediendo dinámicas perspectivas y atrás van quedando las visiones borrosas de su aquel presente, a la par de aquellas otras visones de futuro tamizadas tras el velo de Maya. La andadura tiene de “sino” el despeje de la neblina, cuyas capas se hacen un poco más transparentes a medida que se avanza. Ignora el adolescente que en medio del claro del bosque la misma espesura le espera, aunque bastante mejor alumbrada. Entonces aparece la añoranza. ¿Añoranza de qué? Añoranza de los sueños. Los adultos, en el sentido de seres con abundancia de experiencia vital, añoran la ensoñación cuando recuerdan la confortabilidad de la penumbra o la velada idealidad de sus remotos anhelos. ¡Quién volviera a ser niño de nuevo! Este es el aullido de la lucidez. Un aullido en cierto sentido amargo y en cierto sentido melancólico. Entre la amargura y la melancolía la diferencia radica en el suave goce de esta última. La añoranza es así un deseo de ingenuidad, un sencillo juego de recuperación de las cosas tal y como fueron entonces, con toda la brillantez presumida de aquellos claros del bosque. Cuánto más luminosa y nítida es la nueva caverna, más nos sentimos seducidos por la lejana niebla que quisimos despejar. Tal vez las cosas valgan la medida que adquieren en la imaginación y en el mito. Es en mitad del claro donde emergen dos clases de voluntad. Una voluntad del intelecto y otra voluntad del alma. La primera se afana en pensar y, recogiendo los corpóreos conceptos de la realidad, decide buscar a plena luz su luminosa verdad. La voluntad del alma se afana en buscar la vida misma, cuyo horizonte va más allá de los límites de la luz. Buscar más allá de los claros del bosque, nos devuelve a la nebulosa, nos retorna a la feliz ingenuidad de los niños, recobrando el impulso primario de creer que detrás de la bruma hay que seguir buscando claros, entre los que fluye el olvido que Luís Cernuda denomina “tiempo anterior a la conciencia de su transcurrir”. Porque más allá o más acá de las fronteras de la luz nuestras sospechas desatan la decisión de seguir sospechando cada vez con mayores certezas y sin abandonar nunca la conjetura original que yo llamo “niñez adulta”. 

martes, 13 de mayo de 2025

Tempestades.

 

…y de repente surge todo lo que he estado buscando. He visto el furor del fuego en el punto en el que la locura se abrocha con el genio. Eso debe ser mi carácter retorciéndose en el incendio. Algún día habría que descubrir cuál hubiera sido el carácter sin el concurso de las circunstancias orteguianas o desancladas del “dasein” heideggeriano. ¿Qué hubiera ocurrido si la niñez hubiera sucedido en la fase adulta, o el colegio hubiera empleado su pedagogía en enseñar nuestros propios preconceptos en lugar de conceptos ajenos e impropios? ¿Cómo hubiera sido de no pertenecer a una clase humilde y tan monótona como el entorno quiso que fueran los admitidos? ¿Cómo si me hubiera tenido que desenvolver a solas con el medio sin reglas morales que vinieron más dadas que pensadas? Necesito suponer que mi rebeldía, y quizás la de muchos poetas, es una rebeldía estoica, una rebeldía reflexiva que, por no enfrentar los usos y costumbres, se ovilla en el extrarradio de la conducta y deviene en intelectualismo. Es el lustre por la pátina que se le da a la madera y no por la  madera en sí, aunque desencadene zozobra y angustia por despreciar la alianza necesaria entre lo que se intelectualiza y lo que se hace. Quizás el intelectualismo sea el engendro de la cobardía, cuya esencia se opone al activismo, a la bohemia, a la extravagancia que hacen de la vida una misión de riesgo. El carácter, mi carácter, ha tendido a la introspección servil, dejando a la vista el comportamiento que de mí se esperaba. Sospecho que ese es el tema de mi tiempo. 


En el grecolatino “conócete a ti mismo” hay una trampa mortal. Al perpetrar la osadía de abrir las puertas del templo de Apolo que nos contiene, nos encontraremos sin reconocernos y allí estaremos en forma de enemigo exigiendo, antes que nada, urgente destrucción, sin cuyo hecho es imposible la consiguiente construcción de un alma purificada, muda, sorda y en movimiento ascendente, espartana, pero auténticamente admirable. Cuando Nietzsche decide dar a Dios por muerto lo que persigue es dar a luz una filosofía que prescinda del amuleto o del tótem que la auxilia. De esa experiencia surge la soledad absoluta del ser frente a lo infinito, de ahí la necesidad del superhombre. Un poco es la tentación del intelectual que pretende hacerse a la soledad en la soledad más radical, donde se abre un universo desierto de sujetos, mientras que lo que se vislumbra es la inconmensurabilidad de un universo repleto de objetos para él solo. Y en la soledad sólo caben creaciones incestuosas, demonios del tiempo, a cambio de ser auténticos. 


No estoy solo en el envite pues “los sueños de la razón producen monstruos” y son muchos los que   los asfixian antes de que hagan sus monstruosidades. Parece que es su destino histórico ¿Qué hubiera sido de mí en ese páramo? ¿Qué, de no haber sido herido por la natural otroridad -entiéndase sentimentalidad-? ¿Cuánta mismidad hubiera prevalecido tras las batallas entre Dionisio y Apolo? ¿De cuánta soledad hubiera sido capaz? La dimensión más tempestuosa de la soledad se alimenta del peor de los fuegos, el que se siente en el deber de arrasar con la belleza, con la bondad, con el amor, con las primaveras del aire. Superar las circunstancias, que era la receta orteguiana para el crecimiento personal, exige eludir, renunciar o enterrar también las virtuosas, la lírica de estar vivo dentro de la vida. Tenerlas en el horizonte vital bien que nos hace reposar en el mundanismo; evitarlas, en cambio, nos hace extraños en la noche. Yo me explico en mi mundo, si es que no soy el mundo. Pero quitando mi mundo, ¿quién soy yo? ¿Y quién si lo que hacemos desaparecer es el mundo interior con todas las tribus, todas las leyes que se instalaron sin consentimiento? Entrar -decían- en ese subsuelo conviene hacerlo armado hasta los dientes. La temeridad no es consecuente con la esperanza de que se ordenen en fila los demonios para ir siendo degollados uno a uno, sino porque conseguirán que, rodilla en tierra, reverenciemos su pureza. No hay salida, o la sumisión o el desespero. Es la paradoja de la lucidez: cuánto más nos adentremos en la oscuridad, mayor es la luz que nos alumbra. Es el efecto de bajar por el pasadizo en el que hay colgado un espejo que nos devuelve todo el esplendor de nuestra fealdad, desde donde hay que tomar partido. Tal vez por eso en algún poema quise encerrar el lenguaje de los sin lenguajes: el mentalés. Y amistarme así con el silencio, la soledad y lo oscuro, las verdades tapadas de generación en generación y la disidencia más escatológica. 

sábado, 1 de marzo de 2025

Misas de “matiné”.



 

De las muchas misas que me dieron, recuerdo con particularidad muy pocas. Sucede que, de mucho repetir la misma ceremonia, uno deja de prestar la preceptiva atención. En cambio, a pesar de que transcurra mucho tiempo, si vuelve a la misma ritualidad, se sorprenderá recordando, paso por paso, todo cuanto va representándose. 


Suele entrar el sacerdote, bien desde algún lateral o por el camino central, ataviado con sus paramentos y haciéndose compaña de algún monaguillo o coadjutor que le procesione la cruz. Al mismo tiempo queda envuelto el momento por un canto o una música solemne. Los feligreses se ponen de pie para respetar y elevar el inicio de la ceremonia. Investido el Templo de la sacralidad inaugural, el cura dice unas cuantas palabras a modo de principio y manda sentar a la feligresía. Los parroquianos permanecen en actitud aplicada, pero si debo juzgar por lo que a mí me pasa, creo que es ahí cuando uno se pone a pensar en sus cosas. La retahíla subsiguiente, rezada o entonada como una tabla de multiplicar, suena a mantra y poco apunta a la significación que debiera. 


La abuela pensará en su nieto y en la pieza de hueso que le falta para el puchero y que, de camino a casa, habrá de comprar en la tienda de Miguel, que los tiene mejores que en la carnicería porque, desde que ya no están los padres, despachan peor género por tal de ganar más sin darse cuenta de que están perdiendo la clientela de toda la vida. 


El señor, que al entrar olvidó la vieja cortesía de descubrirse y por eso fue demandado, se toca una y otra vez el bolsillo preparando la calderilla que depositará en el cepillo. Se está dejando llevar por una duda neurótica y no sabe si echar más o echar menos, se debate entre la exhibición de un billete y la practicidad de una moneda pequeña. Todavía no ha comprado el periódico. Es decir, no ha comprado su costumbre dominical que se completa con otras añadiduras como el vermut de media mañana y un papelito de almendras. Lo que persigue con estas cavilaciones es resolver el asunto de la prevalencia entre la satisfacción del mundano deseo de tomarse el vermut, o la descarga de conciencia por ayudar al sostenimiento de, nada más y nada menos, la Santa Iglesia y todo lo que eso conlleva. 


El cura sigue en lo suyo entre cierres y despliegues de abanicos españoles que, haciendo el ruido de persianas, están entregados a la misión de hacer pequeños vientos individuales que, juntos, hacen brisa y dan alivio tangente. 


Dos niños, obligados de pura obligación, acaban de ser separados por su madre que los ha tenido que colocar uno a cada costado para que se aquieten. Se pisaban los zapatos relimpios apoyados encima del reclinatorio y, aparte de estar mancillando los betunes recién untados, ya habían llegado a los empujones y pellizcos, con algún que otro gemido y llamada de atención incluida. Así que los dos están ajenos a lo que la ceremonia les ofrece y muestran sus marcas enfurruñadas por todo el cuerpo. 


Una muchacha joven se hace la devota y pone cara de estar comprendiendo la simbología de los actos. Es una muchacha buena por herencia y devota por tradición. No deja que el leve roce del novio exprese la menor eroticidad por inocente que venga. Le aparta la mano una y otra vez de la suya. Si el roce fuera un suave trámite de religiosidad o bien una promisoria intención de unión espiritual, no sería rechazado. Pero la buena moza no es capaz de entender que el sello que las pieles dan cuando se acoplan, transciende el aspecto erótico y el sentido instintivo. El rechazo de la caricia delata el error de pensamiento. El novio no presenta reclamo, sino docilidad y, está, digamos, con presencia de ánimo solamente por dar complacencia y se recoge de buen grado. Lo que ocurre es lo mismo que nos sucede en el pie cuando escuchamos una canción pegadiza. Se nos pone solo a marcar el ritmo, como en un llamado al resto del cuerpo para que lo siga. Pues así, el novio, con pequeñas y cortitas aproximaciones, deja ver un deseo musical intenso que le descubre queriendo bailar toda la pieza, que son llamados a la mística. 


Detrás mía hay una señora que reza. Tiene los ojos cerrados y habla una oración dentro de un monótono susurro. Le importa muy poco el curso de la misa. No la vimos ponerse en pie al paso de la comitiva. Su misión, eso parece, es respirar la santidad. Se parece a “La Pasionaria”. No se ven muchos jóvenes. Era de esperar. 


Llega otra parte del acto y hay que volver a levantarse. Los bancos de madera dan sus crujidos a viva voz y el ruido, que dura muy poco en su trajín, tapa la palabra del cura y la misma palabra de Dios. Los hombres suelen cerrarse la chaqueta y agarrarse las manos por delante, modositos como niños buenos. Las mujeres dejan el bolso sobre el asiento. Suenan las asas metálicas, las pulseras, los abalorios, y los abanicos hacen las veces de chivatos de los distintos grados de impaciencia. Hay una legión de feligreses que solo mueven los labios y no se saben los rezos. Pronuncian un galimatías de sílabas anárquicas que les deben servir como los comodines de la baraja. Sirven para un “lo tenemos levantado hacia el Señor” como para un “con tu espíritu”. Y es la réplica cabal de cuando dicen en casa: “Mari, apaga la olla que se nos quema”. Lo que sí suena con profundidad de trueno es el “amén”. El amén va cerrando etapas y acelerando el proceso, por eso conviene estornudarlo bien claro. 


Metido entre importancias, se trivializa el paso del cepillo, cuya función celestial, entiéndase, no es recaudatoria según las escrituras, sino fomentar la caridad en papel moneda, eso sí. Un cristiano pone su caridad enrolladita, que se vea bien, que se vea que va en pliego y no en metal. Una señora no encuentra la moneda en el último momento y, cuando la cestita está dando su requerimiento dos bancos más atrás, la hace retroceder para depositar “urbi et orbi” bajo el foco de la excepcionalidad, su simpática piedad y su espectacular “qué bien estoy quedando”. Un niño le pide a su madre una o dos monedas de las atribuidas ya al fondo eclesial y, depositándolas, ve cumplida su entidad como persona, partícipe en plano de igualdad con los adultos. Rumia su virtud en recogida postura en su sitial, visiblemente satisfecho. 


Después podemos ir todos en paz y buscar la huida con caritas de Santos. 

domingo, 23 de febrero de 2025

DOMINGO


  Es temprano y es domingo. Se nota que es domingo por el ruido. Este día de la semana suena distinto. Le cuesta amanecer. El pleno día es el pleno ruido. Manuel Vilas dice que llegará un día en el que el silencio nos costará dinero. Habrá que pagar el silencio. Sólo los pertenecientes a la clase social adinerada se podrán permitir ese lujo. El resto nos volveremos locos por tener que vivir en medio de un ruido ensordecedor. Hay algo de misticismo en los domingos. Sobre todo a primera hora. Puede ser que hoy estén dormidas todavía muchas más personas que en otros días. Puede ser que, de alguna manera, los sueños de toda esa gente se diluyan dentro del aire y, todos respiremos ese aire y también esos sueños. 

En mi casa, la larga noche prolonga sus brazos en todas las habitaciones. Aunque la luz asome a través de los cristales, la oscuridad de la noche deja sombras pegadas en el silencio. Suena un interrogante. La soledad, el silencio y la oscuridad son hermanos, hijos de una misma deidad. Cuando se alargan, adquieren forma de preguntas. Si hoy muriera alguien, se contestaría esa pregunta. La muerte es una respuesta. 

El domingo por la mañana es una promesa. Me cuesta pensar qué voy a hacer con todo el día. Querer no obliga a seguir queriendo. No he querido decir eso. Lo que he querido escribir es que nadie está obligado a querer. En cambio, cuando quieres, has adquirido una obligación. Nadie habla de que las semanas desembocan en un domingo obligatorio, cosa que le quita “dominguez” al domingo. No se puede hacer nada con eso. No depende de nadie ni de nada que durante veinticuatro horas todo quede empañado de domingo. Hasta los espejos -ese artículo que tantas buenas metáforas ha servido para gloria de la filosofía y la literatura- reflejan antes que el rostro la tozuda peculiaridad. ¿Quién no ha escuchado el ladrar cansado de los perros en domingo? Pues hoy es ese día. Es más suave que los otros. Es más lento. 

Naturalmente que amar es un suceso, pero, si amas, deja de ser un accidente y es un empleo donde no existen los domingos. Aunque hay mucho de domingo en el amar. Lo digo por el silencio, lo digo por la lentitud, lo digo por la suavidad. No hay domingo sin su lunes; esa va a ser su desdicha. La lucha consiste en perseverar en la misión mientras nos dure el festivo, pese a que la pelea festiva es el combate de la calma contra la serenidad. Nos da igual vencer que ser vencidos. 

Ahora mismo se acaba de romper el silencio con un ruido del siglo XIX o, todo lo más, de mediados del XX. Un coche de caballos hace sonar sus ritmos de trote bajo mi ventana. Esta vuelta al pasado dura unos segundos, lo que tarda en marcharse (no sabemos a qué otro siglo), pero deja toda su época en la atmósfera y por eso es domingo también. No ocurre los días ordinarios. Todo está en calma. Yo mismo estoy aquejado de calma, de ahí que mi cerebro renquee a estas horas y se esfuerce en poner en claro lo que está pensando. El domingo me ha contagiado. Me digo, sin la menor convicción, que el amor es más calma que tempestad y, sin embargo, deseamos la pasión. La deseamos mientras no nos toque, eso también. Hay algo diabólico en eso. Tiene su lógica. Nada existe si no tiene su contrario. No tiene sentido la ausencia si no hemos experimentado la presencia. El sentido de las cosas viene de su contrario. 

Sigue siendo en este momento un domingo absoluto, distinguido por sus flancos laborables. ¿Cuáles son los flancos del amor? Es una pregunta tonta, pero no hay ninguna respuesta tonta a esta pregunta. La pasión es un modo de amar, el odio también. Da la sensación de que no tiene contrario. Se puede parecer mucho a la inexistencia. Lo contrario de amar es no existir. Me temo que esto lo estoy pensando en domingo, en el epicentro del domingo y todo cambiaría para el miércoles. Hasta el pulso ha contraído este apaciguamiento de los días festivos. 

El aleteo de una tórtola, de repente, me enseña que seguía en silencio. Sirve para subrayarlo. En el papel pautado los compositores escriben con un signo un silencio, el silencio. En los libros, los escritores no anotan el silencio, no hay renglones con silencios escritos. Hay entrecomillados, hay paréntesis, hay negrillas, hay cursivas, pero nada, ningún signo viene a decir: esta palabra, esta frase te la callas, léela para alimentar el silencio, léela para borrarla inmediatamente de la lectura. El silencio fecundo es el que no calla nada, es en el que se dicen todas las cosas decibles, pienso. Luego está el otro silencio que es un callarse. El amor es silencio nuclear. Todos los grandes pensadores, todos los grandes espiritualistas, han querido explicar su gramática, la gramática del amor, pero faltan los signos ortográficos para atrapar al silencio. La música sí lo hace y lo deja en secreto. 

Se acaba de marchar la tórtola. El sol está bañando de oro los metales y los ruidos de la calle. Los domingos baña de lado. Los demás días puede que también, pero no me he fijado. Dicen que las tórtolas anuncian algo y son más precisas que el calendario. No creo en los calendarios. No creo en el color rojo que marca a los días festivos. Sí creo en la calma. Sí creo en el silencio. Sí en la suavidad. 

Debe haber alguien ahí detrás del telón. Mañana subirán el telón, pero eso no quiere decir que hoy no haya nadie. Están todos en su domingo, que es una espera sin angustia. Ahora un perro ladra solo una vez, igual que un campanario da la una. Se me ha quedado el coche de caballos dentro del bolígrafo y por eso estoy escribiendo al trote, cuando mi deseo es escribir al paso. Tiene que haber un modo de atrapar la lentitud y entregarse a ella. Tiene que haber un modo de emparentar estos días con el más allá. Los domingos tienen algo del más allá. Lástima que algunos piensen que es por el rojo del calendario. ¡Es por la tórtola, idiotas! Está tan claro que resulta ridículo escribirlo. Es tan ridículo escribir tantas cosas…, con la falta que hace, de una vez por todas, inventar el silencio en la escritura. Pasaríamos los domingos, alongados en nuestro diván, leyendo silencios con un libro en nuestras manos y algún vuelo de tórtola y algún siglo XIX que trotara y, sobre todo, flanqueados, muy flanqueados, ahí en el sitio, intemporales y flanqueados. 

lunes, 19 de febrero de 2024

Prensa estancada.

Hubo un tiempo, no tan lejano como para que no lo recuerde yo, en que el papel de periódico, saltando por encima de su función de soporte informativo, mostraba su condición polivalente. He visto a mi padre forrarse el pecho, por debajo de la camisa, con amplias páginas de sucesos. No puedo estar seguro de que las páginas de sociedad puedan ser tan impermeables al viento como las de deporte. Algo hace pensar que son igualmente desechables por lo que dijeron, pero aprovechables por lo que solucionan. He visto cómo se envolvían tomates para acelerar su maduración, o liar los arenques para prepararlos “a la puerta”.  ¡Qué maravillosa ocupación la de aquella prensa en el servicio de la causa!

Ya saben que “la constancia es el recurso de los feos”, pero también lo es de la rabiosa actualidad, que ni es rabiosa ni es actualidad más que para hacer el arte de una chirigota. Dicen que fulanito triunfa y que en un país muy lejano tiran bombas los fanfarrones, que ha sacado más votos Romanones y que va a subir la luz. ¿En qué diario no hay un fulanito que triunfe, un fanfarrón que tire bombas, un recibo que no suba?  Me van a perdonar si no acepto aquello de que “no hay nada más antiguo que un periódico de ayer”. Hay días en que, respondiendo a un brote de locura repentina,  me da por echar un vistazo a la prensa. Confieso que encuentro mucha más cantidad de presente en las fechas pasadas que en las actuales. ¡No hay nada importante que contar desde que Andreíta se comió el pollo! Salvando el ejercicio extravagante de algún columnista, cuya literatura hace de obús en medio de una pedrea, todo lo que se escribe es una repetición sin fin como si se hubieran puesto a la orden del eterno retorno de Nietzsche.

A la orden del eterno retorno de Nietzsche, o al consagrado axioma del Príncipe de Lampedusa: “que algo cambie para que todo siga igual”. Las portadas de los diarios anuncian la buena nueva de que el miércoles sucede al martes. Lo anuncian a cuatro columnas porque no tienen neones todavía y porque cuatro columnas hacen una geométrica muy estable para que no se nos caiga el letrero. No puede atacarse tan mayúscula verdad porque viene siendo así desde que se estableció el orden de los días de la semana. El cuerpo social que observan y del que informan está representado en la imagen de la portada del Leviatán, obra de Thomas Hobbes. Allí vemos a un Rey coronado, cuyo cuerpo está compuesto de multitud de personas. La analogía entre un cuerpo biológico y un cuerpo social es pertinente.

Las informaciones nos describen con mucho detalle el proceso digestivo del Rey, desde que mastica el primer bocado hasta que lo excreta. Nos consta la especialización de una prensa para la boca y otra para el culo. Pero esta función o este proceso biológico es siempre igual, pese a que un día ingiera nueces y otro día las uvas de la ira. Nos informan de que la suma de nuestros votos ha propiciado tal o cual digestión o indigestión. Nos vienen a decir que la guerra es el fracaso de las Organizaciones Internacionales, el fracaso de la diplomacia, el fracaso de la política. Cada vez que hay una guerra puedes con total confianza leerte el periódico que informara de la anterior guerra. Encontraremos el mismo escrito, coma arriba o coma abajo, siempre y cuando no haya sido usado para madurar tomates. Pero no encontrarás escrito en ninguno que la guerra es el fracaso de mi voto y, de paso, del tuyo. Eso es lo tremendo. Es como si, abierta la herida, tú y yo que somos glóbulos rojos, nos tangáramos de acudir a cerrarla porque un día fuimos aseaditos y peinados, tan formales, a depositar nuestra papeletita. 

La prensa, que ha contribuido a la creación del cuerpo social y al dibujo del Rey del Leviatán, ciñe su función a un proceso orgánico de consolidación de la figura que se ha quedado dibujada en la tapa. A poco que das un vistazo a las primeras páginas, o a los contenidos si quieres, vuelves una y otra vez a la misma portada. No conozco a nadie que no pueda decir con absoluto acierto qué dirá menganito o fulanito sobre tal cuestión. Estamos ante una previsibilidad de tal hondura, que se puede pensar que las páginas de los diarios se escriben tirando del cajón donde se guardan las páginas de hace dos décadas. A ver si con suerte dan con alguna de Larra. Entonces, el periódico de ayer, es un clásico que hace las veces de tensor para que el presente se nos acople o se nos acune en brazos del pasado. Nada nuevo bajo el sol.

Es la era de la actualidad estancada. Es tanto así como que una burocracia del presente hilvanara los protocolos con los que cualquier acontecimiento se condujera por el poder de turno. Todo anticipado, todo previsto. Lo periodístico de este asunto es el olvido clamoroso de que la democracia no es un sistema de llegada, sino un sistema de partida. Mientras tanto, ya no se usan ni para forrarse el pecho, ni para envolver arenques.  

 

 

sábado, 27 de enero de 2024

En defensa del cartel de Sevilla.

“Mi Cristo luce joven y bello. Joven, como metáfora de pureza: así se ha mostrado a la Virgen María en la historia del arte, casi como una adolescente. Y bello porque me remito a Platón, belleza y bondad son la misma cosa”. Con estas escuetas palabras describe Salustiano García su obra para cartel e imagen de la Semana Santa de Sevilla en 2024. Se acaba de conocer y ya ha marcado su impronta en los órganos emotivos de los puristas clásicos que polemizan abiertamente contra los rupturistas. A mí, que ignoro casi todo del Arte Sacro, lo primero que me ha creado es una sensación de ternura en lugar del terror tradicional que me inspiran los otros. Me acerco a la imagen y no soy capaz de hacer descubrimientos irreverentes. Lo que se antoja blasfemo es el temor a la sensibilidad que las manifestaciones contra el cartel indican.

Por fin irrumpe una sagaz apuesta que se sube sobre los hombros del clasicismo y lo supera, pero fijémonos en que no lo destruye, sino que lo evoluciona, lo hace humano, que era el programa teológico de Dios para con su hijo. No cabe mayor insulto de los profesantes que no reconocer al Hijo de Dios en esa obra, es decir; en el prójimo. Porque lo que el autor nos cuenta es que en el distinto está el prójimo. Y acerca el concepto al sujeto y nos lo presenta bello por desnudo y desnudo por bello. Puede ser entendido como un cartel abolicionista, desde luego. Deroga la severidad sin dulzura y la sacralidad sin humanismo. Añade una delicadeza amanerada en la figura que, a mi entender, muestra el mensaje de la ley natural que nos ha enseñado que el poder de crear es femenino antes que masculino.

Si se quiere, es un Jesús que posa para ganarse unos cuartos después de salir de las clases de economía política, o bien de trabajar como becario en una multinacional. No parece que haya tenido tiempo de pasarse por el botellón, donde seguramente tendría que difundir su magisterio. En sus ojos conserva la mirada cándida del que aún no ha sido devorado por el mercado, que es la versión moderna de los romanos manejando lanzas y látigos. Pero nada más asomarse a la balconada de las redes, la villanía ha empezado a escupirle y a tirarle piedras, duchas en seguir siendo pléyade y populacho, ignorantes de la profundidad del mensaje de amor que encarna. No parecen que sepan qué reclaman exactamente, cuando fustigan, condenan y crucifican un rostro y un cuerpo que es mucho más nuestro que los de costumbre.

El cartel intenta revocar el tiempo que nos aleja del Dios antiguo y nos propone un Jesús del presente, que tiene a bien cruzarse con los creyentes en la puerta del ascensor, en la parada del autobús, o en la ventanilla de inmigración. Presenta un rostro con expresión suave y gesto amable conforme con la condición de un Dios más comprensivo que justiciero y, por ello, más confiable. Es un hombre, sí, con relativos aspectos ambiguos que, tal vez, representen y deseen confirmar la complejidad inherente a toda condición sexual, pero tal sutileza del espíritu humano no hace más que enriquecer las perspectivas que todo Dios, por el mero hecho de serlo, está necesitado de poseer dentro de sí.

Con la sencillez profana de un lego en Arte podemos contemplar la obra sin entender muy bien qué de admirable tiene, pero no es posible sentirse ajenos a una cierta revolución explícita que promueve la obra. Y lo hace con el respeto absoluto a la naturaleza canónica del mensaje cristiano. Inserta y encaja a la perfección con todos los elementos de la tradición cofrade de Sevilla, señalando el instante de la resurrección como un nacimiento nuevo; de ahí la juventud de la imagen. Una imagen que emerge casi desprendida de las heridas del mundo terrenal, y sale hacia la luz siendo luz Él mismo. Es mucho más razonable pensar que se trasciende sin portar las heridas de la vida mortal, que arribar en la Gloria hecho un Ecce Homo, derrengado y sufrido. No en vano supera la muerte como para no superar las heridas. Incluso el “perizonium” o “paño de pureza” ha dado un giro sevillano adornando el pudor con un cierto aire Victorio y Lucchino que redunda en humanización de diseño, pues no estamos para menos.